dimarts, 19 de gener de 2010

Amistades peligrosas

Antes veía a menudo a Carles Gaig. No es que pudiera permitirme ir cada dos por tres a su histórico restaurante de Horta, pero lo tenía tan cerca de casa que me lo encontraba por la calle y reconozco que en más de una ocasión especial había almorzado o cenado allí. Comías bien y siempre podías llevarte alguna sorpresa. Aún recuerdo una comida con dos buenos amigos, uno del gremio literario y el otro del televisivo, durante la que prácticamente sólo abrimos la boca para deglutir. Y eso que los tres somos muy locuaces. Pero también curiosos, y la verdad es que nos interesaron más los detalles escabrosos sobre la vida sentimental de Luis Racionero y la doctora Ochoa que amenizaban la conversación entre dos señores maduros que comían en la otra única mesa ocupada del comedor. Lo más notable del caso era la solvencia contrastada de quien suministraba la información: el propio Racionero. Lo escribo sin temor a ser acusado de indiscreto porque el protagonista ya se ha despachado a gusto por escrito en su último libro —Sobrevivir a un gran amor, seis veces (RBA)— en el que revela intimidades de sus seis ex parejas con la única protección de unas iniciales (E.O. para Elena Ochoa). Las mesas de Can Gaig incitaban a las confidencias. De hecho, su ubicación un poco apartada permitía que algunos personajes eminentes de la sociedad catalana acudieran con sus amantes. Mi amiga Eva, que trabajaba en la cocina, me contó el método científico que tenían los camareros para comprobar si las parejas eran oficiales o extraoficiales. Si, en una mesa cuadrada, los comensales decidían sentarse uno frente a otro, en paralelo, lo más seguro es que fuera oficial. Si, por el contrario, se sentaban uno junto al otro, en perpendicular, el diagnóstico era distinto. Supongo que la lógica que subyace a este razonamiento científico guarda relación con las superficies corporales susceptibles de establecer contacto.

La cuestión es que ya no veo nunca a Carles Gaig. Al menos por Horta. Me consta que su nuevo local de la calle Aragó es muy recomendable, pero aún no he ido. Y, la verdad, no sé yo si la campaña publicitaria que protagoniza desde hace unos días para El Periódico le hará ganar clientela. El bueno de Carles sale en la cocina y le hacen pronunciar una frase lapidaria, digna de Jack el Destripador: “El ganivet és el meu millor amic”. ¡Mira que había maneras de enfatizar la importancia de los cuchillos en la cocina! Sin cambiar la sintaxis de la frase, podían haberle hecho decir que el cuchillo era su mejor aliado, su mejor instrumento, o arma, o incluso compañero... Pero, ¿su mejor amigo? ¿Un cuchillo como mejor amigo? Me consta que Carles Gaig es una buena persona, de la que no cabe temer ninguna reacción violenta, pero aún así resulta inquietante oírselo decir. ¿Tanto ha evolucionado el concepto de amistad? La culpa debe ser de Mark Zuckerberg y su banalización absoluta de los amigos en la red social de Facebook, que va mucho más allá de conocidos y saludados. El invento de Zuckerberg parece salido de aquel delirio cursi de Roberto Carlos, ese pazguato brasileño que cantaba “Yo quiero tener un millón de amigos y así más fuerte poder cantar”. Tal vez el joven Zuckerberg acabó una noche en un karaoke cantando el hit del brasileño y de ahí vino todo. Busco a Carles Gaig en el Facebook para ver si, además del cuchillo, tiene más amigos. Y no. Veo que es un hombre coherente. Su página es profesional, de modo que no tiene amigos sino admiradores (o fans). Hoy, concretamente, 159. Me apunto. Así ya somos 160, y un cuchillo.


Màrius Serra. La Vanguardia. Dimarts, 19 de gener de 2010

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