dimecres, 6 de gener de 2010

Lo que nos espera

El anuario es un género periodístico que los medios audiovisuales han transformado en programa especial. El año en imágenes, la banda sonora del año, los nombres propios de 2009, las gestas deportivas... Estos días las variantes de anuario transforman la redifusión y el reciclaje en producto nuevo. De hecho, dos grandes caricatos como Queco Novell y Manel Lucas empezaron a salirse del guión (informativo) en programas especiales así para Sant Cugat. Les recuerdo a los dos, aún modositos y menos maquillados, de pie ante la cámara empezando a disparar ironías entre vídeo y vídeo de lo más destacado del año. El género del anuario tiene un halo notarial que le llena de valor. Hace nueve años se secularizó (e incluso milenarizó) con los resúmenes del siglo XX o del segundo milenio. Dentro de un año asistiremos al balance de la primera década del siglo XXI. Son ejercicios de síntesis tan loables como artificiosos, similares a los compartimentos estancos que crean los estudiosos de la cultura para describir movimientos estéticos, generaciones de creadores o escuelas de pensamiento. Pautas útiles para transformar la recepción en relato, pero tan convencionales como cualquier otra división temporal, por más disparatada que parezca. Mi género predilecto de estos días no es el anuario, sino la exploración especulativa sobre el año que viene. Lo practico desde hace tiempo. Desde que, en 1991, abrimos el período más breve entre años capicúas, que completaríamos con el siguiente año simétrico, 2002, sólo once años más tarde. Algo que ya no volverá a suceder hasta 2112. La fiebre palindrómica impulsó a diversos creadores, entre los cuales los diseñadores Juan Berrio y Philip Stanton, a crear calendarios de 2002 ilustrando frases capicúa. En 2003, Berrio reincidió, al descubrir que el dos, el mil y el tres son, en castellano, los tres únicos números de nombre monosilábico y monovocálico a la vez. El diseñdo madrileño se inventó entonces a la familia Gil, cuyos miembros tenían todos nombres monosilábicos y monovocálicos, e ilustró un relato escrito sólo con palabras así. En la viñeta de enero, los Gil iban de compras: “¡Qué chal! Es la mar de chic. A ver, ¿es de tul? Qué va, es de dril cien por cien...”

En 2004 me percaté que el nombre el año en catalán (Dos mil quatre) era pentavocálico (OIUAE), es decir, que contenía un solo ejemplar de cada vocal. La sorpresa fue cuando me puse a calcular cuál fue la última vez que eso había sucedido y me tuve que remontar hasta el año 1039 (IEAOU), en tiempos de Ramon Berenguer I. Desde entonces, cada 31 de diciembre le busco los tres pies al año que está por llegar, como quien busca una cena cotillón o se compra unos calzoncillos rojos. Y este año, cuando ya debo haber recibido más de veinte sms que juegan con la homonimia catalana entre nuevo y nueve para felicitar un Bon any nou deu, he dado con un dato tan interesante como los que manejaron los estudiosos para bautizar a la generación del 27. Mañana llega el primer año, desde que en 1809 Thomas Jefferson dejara la presidencia de los Estados Unidos en manos de James Madison, en el que las dos primeras cifras doblan el valor numérico de las dos segundas. En 2010, 20 dobla a 10. En el siglo XX no hubo ningún año en el que esto sucediera. El anterior, 1809. Y el siguiente, no se dará hasta 2211. Disfrutemos, pues, del año que llega mañana por partida doble. Porque, como se diría en un mensaje oficial: “será un año histórico que marcará un antes y un después”. Como si eso mismo no pudiera decirse de cada segundo de nuestras vidas.


Màrius Serra. La Vanguardia. Dijous, 31 de desembre de 2009.

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