Otro gallo nos cantara

Ayer, en las páginas de Tendencias, Silvia Fernández explicaba desde Las Palmas las circunstancias que rodearon la prohibición de los toros en las Canarias hace casi dos décadas. Fue una de esas jugadas de billar americano en las que la carambola te hace colar la bola negra y se acaba la partida. Por lo visto, la ley canaria de Protección de Animales pretendía acabar con las peleas de gallos, que gozan de una notable implantación en las islas, pero la oposición ciudadana fue tan notable que las mantuvieron por ser “parte del acervo cultural”. En cambio, las corridas de toros no tuvieron quien las defendiera. De hecho, Fernández nos informa que cuando la prohibición se hizo efectiva ya hacía más de siete años que no se celebraba ninguna. Más que una prohibición, pues, fue un certificado de defunción. En cambio, las galleras siguen activas, aunque no gozan de excesivo prestigio. Este verano, en Telde, intenté asistir a una riña de gallos, pero no hubo manera. A diferencia de los toros, que han entrado en los circuitos turísticos, me pareció que los gallos eran algo más íntimo y privado. En la Fiesta de la Rama de Agaete, donde aún vi pasear la bandera independentista canaria, tuve ocasión de comprobar cómo la adhesión o repulsa a las riñas de gallos era tan frontal como aquí con los toros, aunque sin la riqueza retórica de la tauromaquia. No me supieron recomendar ningún equivalente a Paco March, cuyas extraordinarias críticas taurinas, siendo antitaurino como soy, he leído siempre con devoción. Como quien lee una novela de ciencia ficción. O como un extraterrestre que leyera una novela de Juan Marsé. La cuestión es que mis conocidos de Agaete sólo supieron recomendarme un cuento del narrador canario Víctor Ramírez, aunque usaron argumentos contrapuestos. Los partidarios de las peleas de gallos me dijeron que entendería la idiosincrasia que explica el fenómeno y los detractores que era una crítica demoledora.

En cuanto regresé a Las Palmas busqué los libros de Ramírez y no me costó localizar el cuento en cuestión: “Lo más hermoso de mi vida”, de 1982. Es una pieza breve y contundente, que ayer emergió en mi memoria al leer la información sobre los gallos. El narrador cuenta como, de niño, acompañaba a su padre a un lugar recóndito donde se celebraban peleas. Lo hace con un estilo que me recuerda la prosa de Juan Rulfo: “Era al otro lado del barranco, en una de las cuevas bajo los chiqueros de aquellos que decían Cubanos. Recuerdo que cada campeonato superaba en interés y calidad al anterior. Bueno, es lo que ahora me parece; y aunque los participantes, uno por cada barrio, variaran poco o nada de una competición a otra, jamás nos fallaría lo imprevisto, la posibilidad de una sorpresa, el sabor del riesgo para la apuesta. Se jugaba en verdad mucho dinero, a més de la honrilla del barrio. Aquello hervía, sí. (...) Había demasiado fervor entre los seguidores y a veces se hizo difícil atajar alguna que otra trifulca de cierta envergadura. De ahí que costase lo suyo hallar árbitro al contento de todos. Mi viejo llegó a tener felices arbitrajes a pesar del ron. Lo que nos llenaría de orgullo, claro”. El cuento acaba con la visita de la policía y el desmantelamiento del chiringuito, pero las peleas no son de gallos, sino de bobos. Luchan los tontos de cada barrio, con certificado médico que demuestre su retraso mental, mientras la afición los anima con cánticos como “Cielito Lindo”. “Aquellos campeonatos de peleas entre los bobos de barrio han sido lo más hermoso que he tenido en mi vida”, concluye. Es un cuento bellísimo.


Màrius Serra. La Vanguardia. Dimarts, 12 de gener de 2010.

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