Patrimonio a la taza

El jueves trascendió que el Instituto Nacional de Antropología e Historia mexicano (INAH) había resuelto que Starbucks debe pagar por la reproducción no autorizada de imágenes del patrimonio cultural mexicano en tazas de café que se comercializan en sus locales. Las tazas se venden a un precio de 168 pesos (unos 8,8 euros) y reproducen el calendario azteca y la Pirámide de Teotihuacán. La multinacional reaccionó de inmediato, retirando las tazas y declarando que “estamos dispuestos a pagar el monto correspondiente”. El episodio ha desencadenado un curioso debate. Basta pasearse por los foros de los medios mexicanos que recogen la noticia para darse cuenta de sus dos aristas más puntiagudas. La principal, que Starbucks es una empresa extranjera. Multinacional, sí, pero gringa. Estadounidense. Eso irrita a la mayoría de comentaristas. Pero la segunda arista, no menos puntiaguda, es la poca confianza que genera el INAH como beneficiario del “monto” que pagará Starbucks. En el país de la mordida, la desconfianza por el destino final del dinero de los impuestos y las multas es espectacular. Más allá de las dos reacciones mayoritarias —antiyanqui y antigubernamental—, se dan consideraciones más complejas. Por un lado, comparando el presunto espolio de Starbucks con el que el estado mexicano comete con los descendientes directos de Moctezuma. Por otro, preguntándose si es lícito que las imágenes de una pirámide (o un calendario) generen derechos de autor, cuando cualquiera puede fotografiarlos.

El caso del ciudadano chino que registró la imagen de la Virgen de Guadalupe en todo el mundo (excepto México) figura en muchos de los comentarios. En episodios así, florecen los ejemplos ilustrativos. Esa es la riqueza del debate dialéctico. Pero siempre hay a quien eso no le basta. En la sociedad conviven hombres y mujeres de acción, que no se conforman con las palabras. Si prescindimos de los violentos, cuyas acciones se limitan a la destrucción, aún nos queda un amplio grupo de emprendedores imaginativos, capaces de proponer acciones simbólicas de dudosa utilidad con fanático entusiasmo. Reconozco que me fascina este sector social, tal vez porque me gustan las artes escénicas y veo en sus intervenciones una representación en toda regla. Es el caso de un mexicano indignado que propone dos acciones: “Visitemos el negocio y que nos den un café gratis por regalías de usar nuestra cultura” y “tomemos una foto del logo de Starbucks y usémoslo en tazas u otros productos”. Yo diría que, de prosperar la segunda propuesta, Starbucks accedería gustosamente a cumplir la primera. De hecho, me jugaría una taza del calendario azteca a que la multinacional facilitaría el jpeg de su logo para que este figurara en el mayor número de tazas posible. Durante las fiestas, en casa de mi madre aún vi en una vitrina dos tacitas con un logo prehistórico de TV3 junto a una leyenda legendaria: “Com a casa, amb Mari Pau Huguet”. Publicidad y derechos de imagen topan sin cesar. Los políticos (y los medios) pagan para que su imagen se reproduzca por todas partes. Los países pagan para promocionarse turísticamente reproduciendo sus imágenes emblemáticas. La diferencia es cobrar por ello. ¿Denunciarían a Starbucks si sólo hubiese reproducido el calendario azteca en los sobrecillos de azúcar? El coleccionismo de sobres, también llamado glucobalaitonfilia, es gratis. Claro que el nombre ya está registrado por su inventor, el catalán Jaume Dagés, primer presidente de la Associació Catalana de Glucobalaitonfília.

Màrius Serra. La Vanguardia. Dilluns, 11 de gener de 2010.

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