Pensamiento orgánico

Recibo el enésimo díptico municipal. El sobre es marrón y el folleto me informa de que estoy a punto de descubrir un tesoro. "Barcelona pel Medi Ambient", junto a una flecha sobre la que se lee "i tu", me convocan a un punto cercano del barrio para darme un kit de regalo ("un cubell domèstic, un paquet de bosses compostables, un receptari i un imant de frigorífic"). Se trata de una nueva campaña de promoción del reciclaje, un hábito saludable sobre el que se ha vertido mucha tinta inútil, tanto a favor como en contra. En contra, porque es muy facilón descalificar sardónicamente cualquier cambio que te obligue a cambiar rutinas. A favor, porque es más facilón aún adoptar un tonillo de superioridad moral y regar por aspersión al personal con litros de culpa licuada. En este caso, el díptico informa sobre la nueva recogida selectiva de los residuos orgánicos, invita a recoger el kit y da unas cuantas pautas. Reconozco que empecé a separar los residuos orgánicos la última vez que el consistorio regaló un kit similar. Por suerte, hallé un enclave ideal para que el cubo estuviese en el exterior de la cocina y a mi alcance a la vez, algo imprescindible para conservar el sentido del olfato. Sobre todo en verano, cuando la bolsita naranja semivacía hiede que es un primor. La lectura del díptico alimenta mi vena sardónica desde su mismo título -"el residu més preuat"-, pero reconozco que me es útil saber que los tapones de corcho o el papel de cocina también puedo (o debo, ay) tirarlos a ese cubito marrón, junto a los restos de comida, de verdura o de fruta. La fruta reactiva una escena que acabo de presenciar en la calle Cartellà, paseando por la acera opuesta a la escuela Sagrat Cor de Maria. A esa altura hay un paqui que vende fruta, verdura y lo que se tercie. No sé cuántos años hace que abrió, pero diría que en los noventa no estaba. Antes de dejarlo atrás me fijo que tiene dos contenedores justo delante, ambos del modelo nuevo que permite su abertura con el pie o con la mano, pero uno más ancho que el otro. El mayor luce una R (de Rebuig). El otro, el picto de una manzana más mordida que la del logo de Apple, y además por los dos lados, para representar la materia orgánica. Como sólo son dos y están justo delante del paqui, pienso que tal vez los técnicos municipales han tenido el detalle de ponerlos ahí para facilitar que el comerciante se desprenda de los muchos residuos que debe generar.

Cuando casi estoy a la altura de los dos contenedores sale el tendero flechado hacia los contenedores con tres naranjas de aspecto lamentable en la mano. Me fijo que es un hombre moreno, aunque en ningún caso de origen paquistaní, como solían. Pero sobre todo, me fijo en lo que hace. De un modo displicente, como quien efectúa una rutina diaria, el hombre de las tres naranjas patea la palanca inferior del contenedor marcado con la R y deposita la fruta en su interior. Abro los ojos como pomelos para comprobarlo. Y sí. Teniendo al lado un contenedor rotulado con algo parecido a una manzana mordida, el vendedor de fruta del paqui de Cartellà va y lanza sus naranjas al contenedor erróneo. No parece que sea la primera vez que lo hace, ni que vaya a ser la última. Los motivos que le llevan a actuar así me parecen un enigma insondable. ¿Lo hará por desidia? ¡Pero si está al lado mismo! ¿Tal vez por rebeldía? ¿Contra quién o contra qué? Me imagino a muchos que yo me sé justificándolo como una gran gesta revolucionaria, pero a este pájaro no le veo yo... Lo miro y lo remiro. ¿No será simplemente desinterés, estulticia, molicie?


Màrius Serra. La Vanguardia. Dijous, 21 de gener de 2010

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