El día del espectador

Francamente, preferiría que nuestros estimables empresarios de las salas de cine fuesen japoneses. Tal vez así verían las cosas con más claridad y serían capaces de analizar con la cabeza libre de prejuicios las posibilidades comerciales del asunto, sin pataletas infantiles ante la presumible pérdida de statu quo ni soluciones peregrinas como la de crear una red cerrada de pantallas catalufas. Sorprende la tendencia disgregadora que quieren aplicar ciertas élites que se las dan de progresistas cada vez que la lengua catalana está involucrada. Parece como si los mismos que apoyarían una línea educativa castellanocéntrica impartida en centros escolares ajenos a la inmersión lingüística, darían también su apoyo decidido a un circuito de salas de exhibición solo en catalán, a las que nunca irían ni ellos ni sus hijos. Debe ser que el apartheid les da más morbo que el rugby (por decírselo con una referencia cinematográfica de actualidad). Si nuestros empresarios de cine fueran todos japoneses, en vez de cerrar hoy las salas como medida de protesta por la nueva ley que propugna la Generalitat, hubiesen programado en todas sus pantallas películas habladas o subtituladas en catalán. Eso sí que sería una protesta currada. No sé de dónde hubiesen sacado las copias, pero siempre podrían haber echado mano del Manga y de las películas nominadas a los premios Gaudí. Al menos así hubiésemos podido verlas, que esa es otra. Pero resulta que la mayoría de empresarios que gestionan nuestras pantallas de cine no son japoneses sino catalanes cosmopolitas partidarios de mantener las pelis dobladas (al castellano), de modo que hoy no podemos ir al cine y nos vemos obligados a meditar sobre el mensaje con el que acompañan su protesta, amén de deleitarnos con esa obra de ficción televisada que será la gala de entrega de los premios Gaudí. Leo el faldón publicitario que han ido insertando en diversos diarios desde el anuncio del cierre: “Per què tanquem els cinemes el proper 1 de febrer? Per denunciar que la nova llei tancarà sales de cinema.” Un topo que simula un pin acompaña a esta pregunta (retórica) y su respuesta: “Català i feina Sí! Quotes i atur No! Pel futur del cinema”. Se aprecia un cierto esfuerzo por utilizar el lenguaje del adversario (catalanista) para atacarle mejor.

Dos son los argumentos científicos principales que suelen usar los promotores del cierre de hoy. Por un lado, sostienen que las preferencias del público ya han quedado demostradas cuando han ofrecido una película en castellano y en catalán. No suelen manejar cifras, pero si lo hacen sólo divulgan las cifras de asistencia, no las del número de salas que ofertaban una y otra película. Ni, por supuesto, tienen en cuenta la influencia que generan los hábitos. Si el mercado (audiovisual) es su faro, ¿por qué no reparan en su comportamiento en los consumos de radio y televisión? Su otro argumento es apocalíptico, y fundamenta el fondo negro de su faldón publicitario. Su tesis es que la nueva ley cerrará salas de cine y por eso ellos se adelantan cerrándolas para advertirnos del riesgo que corremos. Su preocupación rezuma incoherencia. Recientemente, los mismos proyectores que hoy van a la huelga de luces caídas nos mostraron que el mundo, tal como lo conocemos, se acabará el próximo año 2012. Si incluso Ferran Adrià ha hecho caso de la profecía maya, no sé a qué viene tanta resistencia. Que prueben de cumplir la ley ahora, luego cierren durante dos temporaditas para meditar y se reinventen para el 2014, que aquí les estaremos esperando.

Màrius Serra. La Vanguardia. 1 de febrer de 2010.

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