Tirar los aparatejos

El jueves, coincidiendo con el fin del Mobile World Congress y con una oferta de Gol T, me deleité describiendo cómo sería ver el fútbol por teléfono. De repente, me imaginé en un bar, siguiendo un electrizante contraataque del Barça aferrado al móvil, inmerso en esa mezcla de sufrimiento y placer que caracteriza las emociones deportivas. El artículo tenía un final feliz en lo deportivo (el Barça acababa marcando ese gol ficticio) e inquietante en lo tecnológico (todos los móviles de mi bar imaginario salían despedidos cual birretes en día de graduación cuando los culés expresábamos nuestra desatada euforia levantando los brazos). La última frase era ficticia: "...impactando con estrépito en el techo del bar, demasiado bajo para las altas miras de nuestros tecnófilos mercaderes del fútbol". Puede que la siguiente frase también lo sea: "La realidad siempre supera a la ficción". O puede que no. Porque a las cinco de la tarde de ese mismo jueves el artista Roc Parés ejecutó una acción poética (no subvencionada ni patrocinada por nadie más que por el propio artista) que me dejó atónito. Parés ató un teléfono móvil de última generación a unos globos de feria, activó su cámara, conectó las imágenes que emitía en “video streaming” a un servidor y luego soltó los globos como un niño travieso. La cámara siguió emitiendo lo que captaba mientras el móvil se alejaba feliz. En el reportaje de Barcelona TV por el que me enteré, se ve a Parés junto a Antoni Abad, otro pionero en las prácticas artísticas con teléfonos móviles, en el momento de la ascensión. Como no están en ningún bar, sino al aire libre, la trayectoria del móvil volador no toca techo. Parés explica que las imágenes serán luego reproducidas desde el sitio web deriva.tv, pero editadas en sentido inverso. El punto de vista será el de un móvil que baja del cielo para habitar entre nosotros, dirigido por unos globos que efectúan el trayecto contrario al que les empuja su alma de helio. La idea es que estas imágenes, captadas sin intervención humana, no están al servicio de nada ni de nadie. Son libres como el viento, por decirlo a lo Nino Bravo.

Puede que cuando lean estas líneas el periplo prosiga, en plan ave gigantesca, o que globos y móvil ya hayan vuelto al suelo por su cuenta, en sensata confirmación de la ley de la gravedad. Tal vez algún ciudadano barcelonés ha visto con estupor cómo le caía un móvil nuevo del cielo. Si es el caso, le rogaría que tuviese la amabilidad de comunicarme dónde. Los globos movilizados salieron de Montjuïc y, por lo visto, atravesaron Barcelona por el paseo de Gràcia en dirección a Collserola. Sea como siempre, estoy convencido que el móvil volador batirá el récord mundial de lanzamiento de móvil: 94,97 metros. Este verano, en la localidad finlandesa de Savonlinna, se celebrará la décima edición de una competición que me apasiona: el Campeonato mundial de lanzamiento de teléfonos móviles. Asistí a la cuarta, por casualidad, el mes de agosto de 2004, pero veo que los registros han mejorado mucho desde entonces. El año pasado, el campeón masculino fue Pauli Kosunen, que lanzó su móvil a 79,60 metros, la femenina Suvi Torikka (37,05 m), el júnior Verneri Aleksejev (43,77 m) y en la modalidad por equipos Freestyle vencieron los japonesos del Team Happi. La mayoría de participantes son finlandeses o japoneses. El primer español fue Guzmán López Santana, en el puesto número 28, con un lanzamiento de 39,36 metros. Si no prosperan los Juegos de Invierno, Barcelona debería plantearse competir con Savonlinna en lanzamiento de aparatejos.

Màrius Serra. La Vanguardia. Dilluns, 22 de febrer de 2010

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