dijous, 4 de febrer de 2010

Ya ni con retintín / Lanzamiento de peso

Decir Tintín es como decir Clinc clinc, la onomatopeya aproximada para expresar el tintineo de las monedas al caer en aquella mítica bañera del Tío Gilito (o Scrooge McDuck, o Rico McPato, o Tío Rico, según dónde lean a Donald). El personaje de Hergé solo tiene un nombre, Tintín, y los herederos de ese nombre tan tintineante viven entregados a la causa de controlar sus dividendos. En este caso, la herencia no genera las entretenidas disputas que separan a los Larsson (padre y hermano de Stieg) de su ex (sin papeles). La Fundación Hergé la dirigen, a cuatro manos, la segunda esposa del dibujante, Fanny Rodwell (en funciones de viuda oficial), y su actual marido Nick Rodwell (en su papel estelar de cazador de cazadotes). Los Rodwell operan comercialmente con el nombre del mítico castillo del capitán Haddock: Moulinsart. El celo de la viuda y el concónyuge de Hergé (si hablamos de consuegros o de concuñados, ¿por qué no de concónyuges?) en la gestión de los derechos derivados de Tintín es ya legendaria entre ostrogodos, zulúes, bereberes, pies descalzos, marineros de agua dulce y piratas de carnaval. Todos los tintinólogos con ganas de organizar actos culturales protagonizados por el trasunto de Ronald Koeman saben que los Rodwell aplican a la gestión del patrimonio tintinesco una energía de mil millares de millones de rayos y truenos. Es decir, que no autorizan por sistema y cobran por decir Tintín, aunque quien vaya a pronunciar el nombre sagrado sea una entidad sin ánimo de lucro. Justo cuando escribo esta última frase pienso que, si este artículo (del que pienso lucrarme) cae en sus manos, igual pretenden cobrarme un tanto por cita (y ya van tres veces en un solo párrafo), de modo que decido llamarle Koeman a partir de ahora. Pues bien, la Associació Catalana de Koemanaires, llamada Koemancat, (¡pero qué mal suena!, casi que prefiero llamarles Tintincat, como procede, y arriesgarme a la multa), acaba de convocar un concurso de nombres.

Sus asociados han recibido una carta firmada por la junta directiva en la que se les informa que Moulinsart les obliga a cambiar de nombre, porque el de Tintín no se puede usar bajo ningún concepto. Por eso, estos azorados seguidores de Hergé han decidido convocar un concurso para encontrar un nuevo nombre que les saque del atolladero. Se pueden enviar propuestas hasta el día 28 de febrero al correo socis@tintincat.com (también tendrán que cambiar de dominio). Sólo piden que sea corto y que no sea ajeno al universo de Hergé, aunque no puede contener de ningún modo la palabra Tintín. El nombre será elegido en la asamblea que celebrarán el 27 de marzo (a menos que Carretero sea tintinaire). Por lo visto, de nada les sirvió añadir el cat a su héroe, de lo que infiero que no sólo está prohibido el nombre propio, sino todos sus derivados. Es decir, que no se vale a jugar con los sonidos tintinabulares que emanan de las campanas en su tintineo, ni acogerse a los simpáticos tintínidos, organismos pluricelulares que se mueven agitando sus cilios entre el microplancton. El control es total. Podrían invertir el nombre (Nitnit), lo cual les daría un tono más noctámbulo o buscar a alguien apellidado Tintín. Exploro las estadísticas sobre la población catalana que ofrece Idescat y hallo lo que busco: en Catalunya existen empadronadas 7 personas cuyo segundo apellido es Tintín, 5 de las cuales residen en Barcelona. Ya sólo les falta localizar a alguno y convencerle de hacer valer los derechos de su abuelo materno ante los nietos del monigote rubio.


Màrius Serra. La Vanguardia. Dijous, 4 de febrer de 2010.





En mi tercer año de universitario hice un descubrimiento que cambió mi manera de mirar. Harto del trasbordo, en vez de usar las líneas azul y roja del metro para ir desde Virrei Amat hasta Universitat, me decanté por el bus. Alguien me dijo que el 50 unía esos dos puntos y cambié de hábitos. Más o menos tardaba lo mismo, pero como no podía leer sin temor a marearme, empecé a sentarme tranquilamente junto a una ventana para curiosear. Lo que esa simple decisión me hizo descubrir fue, para mí, mucho más importante que todas las asignaturas juntas de ese curso. Los paisajes que tanto creía conocer cambiaban de un modo radical con solo obviar los tres primeros metros de fachada y concentrar la mirada en la parte superior de los rótulos comerciales, en la zona de entresuelos. Ante mis ojos escrutadores aparecieron detalles que jamás había visto. Balcones con todo tipo de sorpresas (sillas, mesas, plantas, animales, bicicletas estáticas), placas insólitas, cables inquietantes, esgrafiados imprevistos... Bastaba con levantar la vista de lo obvio para darse cuenta que toda obviedad contiene un misterio, y viceversa. Al final, me cansé de moverme en autobús y aún hoy prefiero coger el metro para desplazarme por Barcelona, pero ya nunca dejé de mirar más arriba de las plantas bajas. Cualquier paseante puede hacerlo, incluso en calles estrechas, y verá cosas que jamás hallaría a la altura de escaparates y porterías. Intimidades de la ciudad.


Naturalmente, las grandes corporaciones no se conforman con cuidar lo que vemos a primera vista. También utilizan otras zonas más ignotas de los edificios para llamar nuestra atención. Desde los clásicos rótulos de neón en las azoteas a esas gigantescas lonas impresas con las que aprovechan para cubrir las obras de larga duración o las fachadas anodinas y, de paso, colarnos un anuncio en tecnicolor. El centro de la ciudad se ve invadido más a menudo por estos pegotes publicitarios de superficie iMax, normalmente poblados con deportistas, actores o cantantes. En algún caso, se trata del género publicitario que podríamos llamar next: un anuncio que informa de lo que habrá, dentro de un tiempo prudencial X, en ese mismo lugar. Se comprende la necesidad de generar expectativas (próximamente, condonería tal y cual en este local) y también de empezar a amortizar la inversión que conlleva alquilar un local. La operación funciona porque todos tenemos una cierta vocación de informadores y porque la información nos da tema de conversación. Al poco de leer que abrirán una condonería al lado de casa se lo contaremos a todos nuestros conocidos, al grito de “saps què?” Lo que nunca me había pasado hasta hoy es que uno de estos next me inquietase tanto como el que leí en la plaza más céntrica de Barcelona, plaza Catalunya, en el lado montaña. El edificio que antiguamente era la sede del Banco Español de Crédito luce un rótulo que ríete tú de la burbuja inmobiliaria: “Andybal Grupo Inmobiliario lanzará en breve el edificio residencial más exclusivo de la Ciudad Condal”. ¿Lo lanzará? ¿Adónde? Dejando de lado la nostalgia que me invade al leer, tras años de ignominioso predominio de la marca Barcelona, que le llamen “Ciudad Condal”, me llama poderosamente la atención este uso tan sandunguero del verbo “lanzar”. Ya sé que lanzar también significa propalar y que los ases del marketing viven pendientes de sus lanzamientos, pero en la lengua de Pemán, “lanzar un edificio residencial” suena a tirarlo. ¿Es que nadie va a protestar por el peligro atroz que supone este derribo encubierto?

Màrius Serra. La Vanguardia. Dijous, 28 de gener de 2010.

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