El derecho a decidir

Siempre que voy a Vilafranca del Penedès acabo comiendo esos deliciosos bombones con corazón almendrado denominados catànies. Hasta este lunes creía que su nombre era un genérico, como los carquinyolis de L'Espluga de Francolí (que, según Coromines, provienen de un producto francés similar llamado croquignole), los borregos de Cardedeu (más duros), los panolis de Tortosa (o Amposta o Morella), las crespellines menorquinas o los fartons de Alboraia, en l'Horta valenciana. Pero, a diferencia de sus dulces homólogas, las catànies de Vilafranca no constan en los diccionarios. Cuando las busqué en el Diccionari etimològic i complementari de la llengua catalana de Joan Coromines me llevé un chasco, aunque para compensar descubrí algo. La palabra catalufa, que hasta ahora sólo conocía en su uso peyorativo para decir catalana, pero pronunciándolo como quien escupe, resulta que designa a un "cert teixit de seda o de llana felpat", procedente de una especie de trapo que se fabricaba en Venecia.
Este lunes, en Vilafranca, descubrí que las catànies también tienen una conexión italiana. De hecho, son una receta original de Josep Cudié, que empezó a elaborarlas en su obrador hace más de medio siglo. Cudié, que ya elaboraba bombones de licor, dio en el clavo con su invento. La receta es clara: almendra marcona caramelizada bañada con un praliné (teóricamente secreto) a base de frutos secos y decorada con cacao en polvo. El éxito le sonrió desde el principio, de modo que se aprestó a bautizar su invento. Decidió ponerle cro-crem: cro como en el crujiente crocant y crem por la crema. De hecho, aún hoy sus herederos tienen registrado este nombre y como tal observo que circula por el mercado alemán: "Cro-Crem von Cudie". Pero tanta erre seguida acabaría intimidando a los dicharacheros devotos de san Félix, de modo que la gente de Vilafranca pronto decidió ejercer su derecho a decidir y entre todos le cambiaron el nombre a aquella delicia. Cudié sólo vendía sus creaciones al por mayor y las pastelerías se encargaban de la distribución final del producto. Una de ellas, la que por lo visto dominaba el share de la venta de cro-crems, estaba situada en una casa conocida como Cal Catànio, porque su pobladores procedían de la población siciliana de Catania, la misma en la que siglos atrás habían residido algunos reyes catalanes de la corona de Aragón. De comprar los bombones en Cal Catànio a rebautizarlos como catànies hay muy poco trecho. El éxito de la nueva denominación fue tal que hoy nadie que no sea alemán sabe qué es cro-crem, ni en Vilafranca ni fuera. Con los años, la empresa Cudié se ha visto en la necesidad de registrar también la denominación catànies, para asegurarse que nadie más pueda fabricarlas con ese nombre, y así sigue la cosa. Lo de llevar el Cat en la marca viene de propina.

El caso de las catànies es un ejemplo claro de la naturaleza popular de los usos lingüísticos. Los think tanks de nuestros estimables partidos políticos deberían tomar buena nota de ello antes de intentar colarnos denominaciones que no funcionan. Podría hallar mil ejemplos más de soberanismo lingüístico relacionados con el derecho a decidir de los hablantes, porque el uso es la base de cualquier lengua, pero creo que me limitaré a uno. A ocho meses de terminar, política mediante, esta legislatura, ¿alguien recuerda qué nombre decidieron darse oficialment los tres socios de gobierno para designar al segundo tripartito? ¿Quién habla hoy del Govern d'Entesa? Y, ya puestos, ¿quién ocupará Cal Catànio este otoño?

Màrius Serra. La Vanguardia. Dijous, 4 de març de 2010

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