dijous, 18 de març de 2010

La profesión del futuro

Los analistas de la actualidad política ya han examinado del derecho y del revés las consecuencias de la gestión de la crisis energética provocada por la nevada del día de la mujer (trabajadora). También se han publicado encuestas que traducen en escaños el desahogo electoral que buscaría una población estrangulada por la falta de atención. Ante el clamor transversal del centenar largo de alcaldes de las comarcas afectadas, nuestros dirigentes más destacados han admitido, por fin, un error en sus diverses comparecencias ante los medios de comunicación. Tanto el conseller Saura como el president Montilla ejercieron la autocrítica, sí, pero en un sólo flanco: los problemas de información y comunicación. Aunque hubo alguna alusión velada a otros posibles fallos, el único error que se permitieron verbalizar, como un sólo hombre, es el de no haber sabido comunicarse con su ciudadanía (término que engloba tanto a los votantes indignados, como a los cargos municipales electos, como a los técnicos y dirigentes de “la” compañía eléctrica). En consecuencia, el president anunció que tomaría cartas en el asunto, para gran alivio de las pobladas promociones de licenciados en ciencias de la información que hasta ahora salían de las facultades catalanas con unas perspectivas laborales demasiado inciertas ante la crisis del sector. Sentados ante el televisor, miles de madres y padres de seres en edad preuniversitaria dieron un respingo. Ni meteorología ni ingenierías técnicas ni FP2 electricidad y/o mecánica. Quedó claro que la profesión con más futuro en el siglo XXI es la de informador y/o comunicador. De hecho, ya lo intuíamos ante el cariz que va tomando la gestión de lo público. Cuando, a instancias de los informadores y/o comunicadores profesionales, un dirigente se ve forzado a admitir que su gobierno hace aguas, la respuesta que da por defecto es siempre la misma: “reconozco que no hemos sido capaces de comunicar de un modo adecuado lo bien que estamos haciendo las cosas”. Como si esa presunta ineptitud comunicativa fuese algo disculpable. Un mal menor que distrae la atención de lo ocurrido. Un dique de contención ante las críticas por lo mal que se hacen algunas cosas.

La escena empieza a ser tan grotesca que remite a dos de las frases más sobadas de la historia del engaño: “no es lo que parece (cariño)” y “puedo explicártelo todo”. Un clásico practicante del adulterio podría aducir que el único problema que tiene con su pareja oficial es la falta de comunicación. También los adolescentes preuniversitarios que estos días ya ha decidido optar por las ciencias de la comunicación podrían excusarse así ante una hecatombe plagada de calabazas en las notas del segundo trimestre: “yo he preparado los exámenes minuciosamente y me lo sabía todo de pe a pa, pero a la hora de ponerme a responder las preguntas resulta que no he sabido explicarme”. La fuerza de los hechos, contrapuestos a las palabras en el eslógan que el president Montilla tomó como lema, desdibuja cualquier esfuerzo comunicativo. Sobre todo porque medios de comunicación se han visto amplificados por una legión de comunicadores que no sólo son testigos sino víctimas de la noticia que propagan. En círculos tecnófilos la nevada del lunes 8 de marzo ya es considerada como la primera nevada 2.0 (guarismos sin relación alguna con el fútbol derivados del uso masivo de la interacción diseminadora que permiten las nuevas redes sociales). Para la mayoría de quienes debieron enfrentarse a ella desde puestos de responsabilidad, ha sido una nevada 0.2.


Màrius Serra. La Vanguardia. Dijous, 18 de març de 2010

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