dimarts, 2 de març de 2010

¿Odio los musicales?

En las matinales del TNC triunfa una versión musical de La casa sota la sorra, la leidísima novela que Joaquim Carbó publicó en 1966, el mismo año en el que Sebastià Sorribes publicaba El zoo d'en Pitus. Se trataba de un encargo tan oportuno como difícil, y la compañía EGOS teatre lo ha resuelto con valentía y acierto. Las exóticas aventuras africanas de Pere Vidal, Henry Balua y el malvado señor Ti que constituyen el argumento de la novela de Carbó acaban concentradas en un plató. Tras este golpe de efecto, que les juro que continuará siendo efectivo incluso tras habérselo (ejem) revelado, asistimos a diversos incidentes que suceden durante el rodaje de la versión cinematográfica de La casa sota la sorra. El tono de farsa se expande más allá de la claqueta, hasta el punto que los chicos de EGOS teatre introducen al detective Felip Marlot, un trasunto de Philip Marlowe que protagoniza otras novelas de Carbó, para que investigue una trama paralela que sucede en este presunto rodaje. Todo tiene un aire de homenaje argumental a Cantando bajo la lluvia que crece con cada nuevo conflicto entre el director del filme y su mujer, la primera actriz. El tratamiento visual de la historia es sensacional, digno de los tableros que el dibujante Karpa diseñaba para los Juegos Reunidos Geyper, algunos de los cuales hoy le comportarían prisión sin fianza: "Merienda de negros", "Matando pajaritos"... Y las letras de Rubèn Montañá y Toni Sans, dos de los siete actores de la compañía, transforman las canciones en buenos artefactos narrativos, con la música vibrante de Francesc Mora, también en escena. Los EGOS se completan con Albert Mora, Anna Alborch, Lali Camps y Maria Santallusia, que conforman un bloque compacto en el que todos rayan a gran altura, a lo Pep Guardiola. Es positivo destacar que, en un género tan coqueto, dos de las tres actrices del elenco despertarían el interés pictórico de Rubens. La casa sota la sorra es, por si no ha quedado claro, un espectáculo muy recomendable que sin duda triunfará entre jóvenes y adultos.

Dicho todo lo cual recuerdo con amargura que odio los musicales y me pregunto el porqué. He aguantado unos cuantos en mi vida, siempre por amor, y los fragmentos cantados me han parecido un peaje inasumible que me expulsa de la historia que me están contando. Como un cantautor cuando se enrolla de mala manera explicándote por qué escribió la canción que interpretará en cuanto acabe de enrollarse. ¡Canta ya!, me entran ganas de gritarle. ¡No cantes más!, gritaría desde la platea cada vez que un actor de musical salta del diálogo a la canción. Por eso me sorprendió tan gratamente que en un momento determinado de La casa sota la sorra el director del rodaje sienta esa misma necesidad, agarre una arma de fuego e interrumpa la canción de sus compañeros al grito de "Odio els musicals!! Per què collons cal dir-ho tot cantant?!" Ahí, con esa capacidad de reírse de ellos mismos, los EGOS conquistaron mi corazón, desactivando mis prevenciones antimusicales. Y ya me pareció bien incluso que cantaran. Y disfruté como un enano en Las Vegas con Henry Balua bailando claqué, la cara ennegrecida a base de betún, en plan negrito de Cola Cao en un club de Nueva Orleans. Por no mentar el acierto excelso de erigirlo en el gran defensor del catalán normativo ante los barbarismos de Pere Vidal, en un brillante guiño als paranys lingüístics del maestro Puyal coreografiados por un negro de pega flanqueado por tres vedettes con marabúes cuatribarrados. Odio algunos musicales. Otros no.

Màrius Serra. La Vanguardia. Dimarts 2 de març de 2010.

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