dilluns, 1 de març de 2010

Patinando espero

El hockey sobre hielo es un deporte peculiar. Uno de aquellos en los que se va al choque, como el rugby o el fútbol americano, pero con dos sutiles diferencias: la velocidad que permiten las cuchillas de los patines y el hecho que todos, excepto el árbitro, juegan con un palo en la mano. Este viernes vimos algo nuevo. Las dulces chicas del equipo femenino de Canadá ganaron el oro olímpico en Vancouver, tras vencer 2-0 a sus vecinas de Estados Unidos, y lo celebraron en la pista. No como los chicarrones del Barça de baloncesto tras arrasar al Madrid en la final de Copa, que rociaron a Laporta con cava en la intimidad filmada del vestuario bilbaíno. Las jugadoras canadienses decidieron no quitarse los patines. Durante media hora, hicieron el ganso por la pista como un equipo de fútbol en su estadio, bebieron cerveza como si fueran el equipo de rugby surafricano y fumaron... Fumaron puros, como en una boda. Las imágenes son elocuentes. Las campeonas se encendieron unas estacas de aquí te espero y posaron a lo Winston Churchill. Tras tanto jolgorio, la federación canadiense emitió una nota de disculpa preventiva, "por si la celebración había ofendido a alguien". Pues no veo quién puede ofenderse por ver a unas chavalas fumarse un puro. Y que conste que yo ni he fumado nunca puros ni colecciono vitolas, aunque, eso sí, fui un lector entusiasta de Holy smoke (Puro humo) del grandísimo Guillermo Cabrera Infante.

Es de justicia constatar que los fumadores de puros han recibido palos por todas partes. En el imaginario popular caló (sic) la peregrina idea del puro como símbolo de poder y masculinidad. Durante todo el siglo XX el caliqueño fue adquiriendo ese plus simbólico, parecido al de la corbata. Recuerdo cuando Maria Aurèlia Capmany y Josep Maria Espinàs lucían regalos cruzados: puros para ella y flores para él. Se trataba de romper la expectativa. Monica Lewinsky aún era una niña, y una mujer con un puro en la boca, un oximoron. De hecho, la fumadora pasiva (en espera) Sara Montiel parecía una imagen de Arcimboldo. Algo así como un maniquí de Nicolau Casaus con perruca y pintarrajeado. Ay, ay. Me doy cuenta que ha pasado mucho tiempo cuando pienso en algunas batallitas tabacósicas: los de mi generación (1963) aún fumamos legalmente en el metro (andenes), en el bus (piso superior de los de Londres), en los trenes (vagones de fumadores), en los aviones (las filas de atrás), en los hospitales (en los rellanos y las escaleras) e incluso en los cines (otra vez en Londres, en la ciudad donde vivía exiliado Cabrera Infante). Pues bien, en todos esos humeantes espacios (cerrados) que hoy nos parecen tan lejanos como un asesinato en el Orient-Express, es dónde nació con timidez la actual legislación antitabaco (con cuyos efectos, por cierto, muchos ex fumadores ya nos sentimos cómodos). Porque la primera prohibición explícita que recuerdo, por ejemplo en los aviones, fue la de fumar puros (o pipa). El motivo aducido era lo molestos y mareantes que resultaban estos humos para el resto de los pasajeros, a pesar de que luego todos nos pasáramos el vuelo fumando alegre e inconscientemente nuestros cigarrillos. De ahí que el gesto de las campeonas olímpicas de hockey sobre hielo no sólo no debería ofender a nadie sino que debería ser considerado un homenaje a los fumadores de puros. A esos pioneros émulos de Groucho Marx que sufrieron en sus carnes las primeras prohibiciones antitabaco de la historia, mostrándonos así el camino hacia la dura continencia que requiere el respeto al prójimo.

La Vanguardia. Màrius Serra. Dilluns, 1 de març de 2010.

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