diumenge, 14 de març de 2010

Sigan leyendo a Bezsonoff

Joan Daniel Bezsonoff Montalà es un escritor catalán nacido en Perpinyà en 1963. Empezó a publicar a mediados de los noventa en la editorial rosellonesa Trabucaire. Cuatro novelas que desconozco, entre otras cosas porque no tuvieron demasiada presencia en las librerías surcatalanas. En 2002 Bezsonoff saltó a la editorial barcelonesa Empúries y me leí, una tras otra, La presonera d’Alger (2002), La guerra dels cornuts (2004) y Les amnèsies de Déu (2006). Tres novelas excelentes. En la segunda, por ejemplo, el teniente rosellonés del ejército francés Alexandre Pagès cae herido durante la Primera Guerra Mundial y los servicios secretos aprovechan para destinarlo al Consulado francés de Barcelona con la misión secreta de reclutar a jóvenes patriotas catalanes para que se alisten en el ejército aliado con la promesa que, guerra mediante, Catalunya será un país independiente. Bezsonoff consigue que los giros y peculiaridades rosellonesas de su lengua nunca sean un obstáculo para el lector catalán, que es el mismo lector (hipotético) que simultanea lecturas de Ferran Torrent, Sergi Pàmies o Llucia Ramis. La distribución de las obras de Bezso por los canales más mayoritarios coincidió con la eclosión de su coetáneo Joan-Lluís Lluís (Perpinyà, 1963), que ya publicaba en Barcelona y cuya novela El dia de l’ós (2004) fue muy celebrada. Ambos representan una generación límite en el posible punto de inflexión del uso de la lengua catalana en la parte de Catalunya que administra Sarkozy, cuya única esperanza se centra en el trabajo constante de la Escola Bressola. Joan-Lluís Lluís acaba de publicar una magnífica vuelta de tuerca a los Exercices de style de Queneau, titulada Xocolata desfeta (La Magrana), un libro que cuenta una historia de 123 maneras distintas. Beszonoff, por su parte, completa una curiosa trilogía identitaria escrita desde el espacio autobiográfico que pondrá en cuestión el cosmopolitanismo de algunos.

La trilogía se compone de Els taxistes del tsar (Empúries, 2007), Una educació francesa (L’Avenç, 2009) y Un país de butxaca (Empúries, 2010). En el primer libro, tal vez el más fantasioso de los tres, Beszonoff explora la ascendencia rusa de su ambivalente apellido, que contiene on y contiene off, de cuya eslava sonoridad se siente esclavo. La influencia del abuelo ruso (de los Beszonov inmigrados a París) sobre su vida es limitada, pero el escritor reconstruye su historia, viaja a Rusia e incluso empieza a aprender ruso. El segundo libro es una crónica magnífica de la formación de un letraherido en los estimables parámetros de la cultura francesa. Esta crónica, escrita como siempre con prosa burbujeante, ha suscitado la admiración de muchos lectores cultos de formación francófona que tal vez no leen muy a menudo en catalán. Hallar sus referentes más heroicos les puso a cien. La crítica saludó con alborozo el libro e incluso se pudo intuir, por lo bajini, un runrún de “ese-sí-que-es-un-catalán-universal”. Pues bien, todos esos lectores entusiastas quedan emplazados a seguir leyendo a Beszonoff. A ver si así se enfrentan de una vez a sus fantasmas. Porque Un país de butxaca es una magnífica historia de amor. En primer lugar, por su abuelo Montalà, de quien recuperó la lengua tras la dimisión lingüística de su padre y de que las monjas francesas hicieran lo posible para que su madre olvidara el catalán. Pero también por el país al que este ciudadano francés con talento literario escoge adscribirse con la contundencia propia que da el libre albedrío. Divorciándose de Francia, tras años de convivencia.


Màrius Serra. La Vanguardia. Dilluns, 15 de març de 2010.

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