dilluns, 26 d’abril de 2010

1001 saludos a Moulinsart

En febrero runruneé con retintín sobre el marrón al que se enfrentaban los miembros de la Associació Catalana de Tintinaires (seguidores incondicionales del personaje de cómic creado por Hergé). Su junta directiva fue instada por la Fundación Hergé a cambiar de nombre bajo amenaza de denuncia judicial. Dirigen la Fundación la segunda esposa del dibujante, Fanny Rodwell y su actual marido Nick Rodwell. Los Rodwell operan comercialmente con el nombre del castillo del capitán Haddock: Moulinsart. Entre tintinólogos, que son legión, es muy sabido que Moulinsart persigue a cajas (de caudales) destempladas a todo quisque que se atreva a usar su nombre-marca. Les da igual una multinacional que un tienda de barrio, un esplai o una residencia de la tercera edad cuyos ancianos organicen una exposición sobre Koeman. Si quieres lucir dos veces la sílaba Tin tendrás que pasar por caja, monín. De modo que nuestros entusiastas Tintinaires, que además de lucir su airoso neologismo gestionaban el dominio tintincat.com en la red, fueron requeridos por Moulinsart a eliminar cualquier rastro de Tin. Aturdidos por la reacción de una patronal para la que ni sabían que trabajaban, convocaron un concurso entre sus asociados para encontrar un nuevo nombre. Con dos condiciones: que fuera corto y que no contuviera la palabra Tintín. Todos los nombres recibidos se sometieron luego a votación entre los asociados.

Me hice eco de su convocatoria porque, más allá de mis simpatías por los lectores de Hergé, me pareció un reto de primer orden. Ahí es nada, hallar un nombre que te defina como seguidor de alguien a quien no puedes nombrar siquiera. La cosa adquiere una dimensión mística, que casi justificaría un juego de palabras tan deplorable como decir que la llave la tiene Yahvé. Pero no. Ni aún así lo justifica, qué le vamos a hacer. Mis únicas aportaciones fueron proponer Nitnit (Tintín invertido, sin segundas) y localizar (por Idescat) a siete ciudadanos catalanes cuyo segundo apellido es Tintín, por si lo prestaban para la causa. Por fortuna, los asociados Tintinaires han ido más allá. Según me informa su presidente Víctor Niubò las votaciones fueron muy ajustadas entre dos alternativas notablemente sólidas. En segundo lugar, por muy pocos votos, quedó rebautizar a la asociación como Molins de Dalt, que es el topónimo que se inventó el traductor de Hergé al catalán, Joaquim Ventalló, para denominar a Moulinsart. Hay que reconocer que tenía su morbo acabar llamándose igual que la empresa que les había obligado a cambiar de nombre, pero la opción triunfadora es aún mucho mejor: 1001 (Associació Catalana de Tintinaires). 1001 sólo se pronuncia mil-ú (nombre del famoso perrillo de Tintín) en catalán. Además, tiene una fuerza gráfica mucho mayor y es fácil de recordar. Tanto que es el único juego de palabras que le oí pronunciar en toda su vida a mi abuela Paula. Creo que lo sacó del Patufet. Aquello de "1001, 1001! 900? 1001!" (Míliu, míliu! No ho sents?, Míliu!), en el que 1001 sería un hipocorístico de Emílio. Una vez me contó que mi abuelo, al que no conocí, añadía siempre dos ceros tras el 900: "1001, 1001! 900? 00! 1001!". Antes de pronunciarlos uno debía darse cuenta de su gráfica similitud con las gónadas masculinas (y leer, en consecuencia: collons!). Algo que, sin duda, saben los tintinaires de la asociación 1001 que se han enfrentado a Moulinsart con un par. Un par de buenas alternativas a la estulticia antitintinesca de quien no sabe distinguir el negocio cultural de la cultura del negocio.


Màrius Serra. La Vanguardia. Dilluns 26 d'abril de 2010

Cap comentari:

Publica un comentari a l'entrada

Entradas populares

Compartir