Doble corona

Sucede siempre. Cuando vives una circunstancia que te parece única te das cuenta de la cantidad de gente que la comparte. Pasa con las embarazadas, las piernas rotas o los cochecitos de bebé. Basta que te embaraces, te rompas el fémur o tengas un bebé para que, a tu alrededor, ejércitos de seres que antes permanecían ocultos salgan a la luz mostrando sus redondas barrigas, sus piernas enyesadas o sus cochecitos de bebé. Algo así me ha ocurrido desde que supe del terrible accidente aéreo en Smolensk que acabó con la vida del presidente polaco Kaczynski y casi un centenar de destacadas personalidades. Como es sabido, se da la macabra circunstancia que los fallecidos se dirigían a Katyn, un bosque a solo veinte kilómetros del aeropuerto de Smolensk, en el que murieron fusilados 22.000 soldados polacos en 1940. El inmenso dolor que ha provocado el accidente se multiplica por el doloroso recuerdo de esa matanza terrible. En una sociedad tan católica como la polaca, las alusiones a las malas ideas del diablo no hacen sino acrecentar la sensación de que algo sobrenatural empaña este accidente de aviación. Los desastres aéreos son como los divorcios. Provocan una gran inseguridad entre los supervivientes. De momento, los medios de comunicación ya se han zambullido en las hemerotecas para recordar accidentes de aviación peculiares, en los que falleciera un grupo de personajes destacados. No hay precedentes comparables al de la cúpula polaca, pero algunos acabaron con equipos deportivos. En 1949 el avión en el que viajaba la potentísima plantilla del Torino se estrelló contra una muralla de la Basílica de Superga, cerca de Turín. Los futbolistas volvían de Lisboa tras disputar un amistoso contra el Benfica. Las víctimas, con el cuerpo técnico y tres periodistas italianos, fueron 31. Seis décadas después, el recuerdo de aquella tragedia se mantiene vivo en Italia. Lamentablemente, la historia se repitió en 1958 con la plantilla al completo del Manchester United, cuando su avión se estrelló en el aeropuerto de Munich. Fallecieron 23 personas, entre futbolistas, técnicos y personal aéreo.

Sin embargo, no son estos accidentes los que provocan este artículo, sino una historia tremenda. La de una viuda que falleció atropellada en la misma curva en la que había muerto su marido hacía solo un mes. Aquí no hay caja negra, pero la fatalidad lleva adherida una dosis de imprudencia. Basta ver la curva para darse cuenta que ir a colocar flores justo en el guardarraíles es una temeridad. Estando ante las flores que acababa de depositar fue cuando la embistió una camioneta de reparto. Ahora las mismas flores sirven para los dos. Desde que el domingo me lo contaron he conducido casi quinientos kilómetros. El lunes fui a El Vendrell, el martes a Olvan, en el Berguedà, y ayer miércoles pasé por la Arrabassada. No pude evitar fijarme en los muchos ramos aislados que aparecen pegados de cualquier modo a los guardarraíles de las carreteras. No los he contado, pero en tres días debo haber visto más de una docena. Y algunos en posiciones francamente expuestas, a menos que los familiares cortaran la carretera para poder colocar las flores con seguridad. Nunca antes me había fijado en la retahíla de ramos, coronas e imágenes que llenan nuestras carreteras en recuerdo de antiguos accidentados, cual exvotos inversos. Tanto debate sobre la fragilidad de los ciclistas en carretera, y nuestros gurús de la seguridad vial ignoran a estos transeúntes esporádicos que, en su desolada inconsciencia, parecen empeñados en tentar al destino con un lirio en la mano.

Màrius Serra. La Vanguardia. Dijous, 15 d'abril de 2010.

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