El misterio místico

A finales del siglo pasado era habitual escuchar quejas sobre la desnaturalización de la Semana Santa. Quejas que en algunos casos eran un poco apocalípticas y en otras simplemente melancólicas, pero que coincidían en la pérdida de valores espirituales de nuestra sociedad consumista y blablablá. La imagen más usada era la de las colas en las carreteras, debidamente contrapuesta a las tradicionales procesiones de Semana Santa. Quieras que no, era una comparación tan interesante que incitaba a buscar otras analogías para reforzar la fascinante idea de decadencia, coronada con el preceptivo clamor del quién-sabe-adónde-iremos-a-parar como punto y final, amén. Entre las comparaciones más logradas cabe destacar la pareja de verbos antónimos recogerse y dispersarse. Si la Semana Santa añorada por estos juglares finiseculares era puro recogimiento, lo que constataban al mirar a su alrededor era una alegre dispersión de sus compatriotas. En los noventa, bastaba con pasarse por una agencia de viajes para ver la gran variedad de destinos ofertados para pasar la Semana Santa, muchos de los cuales no invitaban precisamente ni al recogimiento ni a la oración. Hoy la crisis económica atempera los espíritus, y no sería de extrañar que algunos feligreses ocasionales, al cambiar el Caribe por la segunda residencia en la costa, volviesen a asistir a las largas liturgias católicas de estos días y que una frase como la “visita a los monumentos” perdiese la pátina turística por unas horas, durante esta noche de jueves santo y todo el día de mañana, para designar la visita a los siete monumentos en los que se conmemora la pasión y muerte de Jesucristo.

Pero vivimos en la era digital y las posibilidades de recogimiento se multiplican. Un desconocido “amigo” apellidado Termes me sugiere otra buena manera de pasar estos días, más allá de los viajes o las actividades propias de la fe cristiana. Recibo una invitación de su parte (aunque no sé si con su consentimiento) para que me instale una aplicación en el ordenador que me permitirá detectar “todos los contactos de Messenger que te han eliminado de su lista”. Mi Termes desconocido me ofrece tres cosas más en este messengercontrol.com: limpiar mi Messenger borrando a todos aquellos contactos que no quieren hablarme (sic), recuperar los contactos eliminados por error y analizar quién me tiene agregado en su Messenger a pesar de que yo no le tengo en mi lista. Si prescindo del pequeño detalle que yo no uso Messenger e intento aplicar algo parecido a las redes sociales en las que sí participo, llego a la conclusión que a los catequistas cada vez les resultará más sencillo explicar a los niños el misterio místico de la pasión, muerte y resurrección de Jesucristo. Bastará que tracen analogías con la aparición, ascensión, muerte y resurrección de perfiles diversos en Facebook, Twitter u otras redes sociales. Coincidiendo con estas reflexiones tan místicas, la escritora mexicana instalada en París Daniela Franco, seguidora de los postulados del Oulipo, envía un mensaje inquietante a todos los “amigos”, Facebook mediante, del gran autor oulipiano Harry Mathews. Lo traduzco del inglés: “Harry me acaba de informar que su perfil de Facebook, en realidad, no es suyo. El suyo lo cerró. He pensado que querríais saberlo, ya que todos nos hemos hecho amigos de un impostor.” Y se despide con una frase que me resisto a traducir para no perder la ambigüedad entre el tú y el vosotros: “In the hope that you are the real you, Daniela”. Como escribió Julián Ríos, “yo soy lo que es hoy”.


Màrius Serra. La Vanguardia, dijous/divendres 1-2 d'abril de 2010

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