diumenge, 4 d’abril de 2010

La mona del amor

El amor no existe. O no existía hasta que nuestros antepasados empezaron a representarlo mediante imágenes, sonidos y palabras. La creación del amor fue una martingala destinada a marear la perdiz sofisticando el ciclo reproductivo de nuestra especie. Pero cuajó. ¡Vaya si cuajó! En el invento del amor se fundamenta la tradición lírica universal y el teatro, la novela o el cine viven de sus complejidades. Todas las creaciones humanas se alimentan del combustible orgánico que origina el choque del amor con sus antónimos, desamor y odio. También la religión contribuye a esa representación cada vez más efectista del afecto verdadero. Este año, su relación con las pulsiones sexuales ha recuperado el sentido primigenio del Triduo Pascual, en el que Cristo pasa por el calvario, la pasión y la muerte. El amor, hoy, se viste de mona de Pascua, uno de los indicadores, junto al caganer, del mercado de los afectos colectivos. ¿Cuántas monas no contendrán hoy una figurita de Messi? Sobre la evolución de las monas se publican, cada año, reportajes. Pero, ¿y sobre la evolución del amor? Algunas revistas se hacen eco de nuevas formas de apareamiento a tiempo parcial o de los variados modelos familiares. Todo esto está muy bien, pero guarda más relación con la convivencia que con el amor. Y con el poder adquisitivo. Más nos informaría sobre el amor la simple lectura de los poemas presentados a los Juegos Florales de un instituto y su comparación con los de Ausiàs Marc. O las letras de las canciones de amor desde el “Love me do” de los Beatles hasta el reciente LP del grupo de Martí Sales, Els Surfing Sirles: “El molt carallot em va dir ‘si arribo a saber que eres verge aguanto més’ i jo li vaig respondre ‘si sé que aguantes més em trenc els pantys, imbècil’”.

El jueves, en Praga, hallé otro indicador de la evolución del amor. En Velkoprevorské Námestí se alza un muro pintarrajeado en honor a John Lennon de unos treinta metros de largo por cuatro de alto. Protege el jardín del Gran Priorato de los Caballeros de Malta, en Malá Strana. La primera vez que estuve en la capital checa, en 1995, me repugnó el altar laico que los adictos a Lennon habían perpetrado en este muro, supongo que tras la caída del otro. Dada mi militancia (groucho)marxista-lennonista, me ofendió la cursilería con que le homenajeaban. Muchas flores y la palabra LOVE por doquier, de oferta. Recuerdo tres chicas muy compungidas depositando ofrendas. Quince años más tarde, quedan visibles pocos LOVE, y aún uno anuncia “LOVE BEHIND” (el amor, detrás). Presiden el muro dos grandes tags de grafiteros (Fred, Laska), ajenos al tono elegíaco. Sobrevive un rostro de Lennon y una enorme pintada de nuevo cuño (Lennon vs. Lenin) que parece inspirada en el “Rock’n’roll” de Tom Stoppard. Ya nadie deja ofrendas aquí. Y sin embargo, a sólo veinte metros florece otra representación mutante del amor. En un pequeño puente sobre el canal del Moldava, ante una vetusta noria. Centenares de candados cerrados se aferran a las rejas del puentecito. Todos con los nombres de los enamorados que sellaron su amor lanzando la llave al río a imagen y semejanza de los protagonistas de la novela de Federico Moccia Ho voglia di te. Observo que los más antiguos datan de 2006, que es cuando se llevó al cine. Sabía que en el puente Milvio de Roma la proliferación de candados llevó a un agrio debate político. En Praga, hoy los jóvenes enamorados blanden candados parecidos a los que yo, a su edad, manejaba cada noche para cerrar la zapatería de mis padres. Pero jamás tiré la llave.


Màrius Serra. La Vanguardia, dilluns 5 d'abril de 2010

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