divendres, 23 d’abril de 2010

Sant Jordi 2022

Salgo de casa muy abrigado. Nadie sabe cómo ha sido, pero las autoridades de la ciudad han conseguido que, en este año olímpico, el rigor invernal se dilate hasta finales de abril. Bajo hacia el metro de Horta esquivando las zonas de umbría en las que el hielo aún no se ha fundido. Al llegar a la plaza Eivissa me ilumino. ¡La rosa! Busco una parada y doy con la de la gitana Marta, que ya está al pie del cañón. Recuerdo con nostalgia aquellos santjordis en los que compraba la rosa aquí y luego rehacía apresuradamente el camino hasta casa, entraba a hurtadillas para que no me oyeran y la dejaba en la mesa del comedor. Por culpa de la rosa siempre empezaba la jornada sudando. Ahora ya no. La gitana Marta me acerca su iPad y me entretengo navegando por las rosas del catálogo. Me seduce la rosa Gertrude Stein, pero al final escojo una del modelo Classic. Roja. Luego elijo repartidor. Desestimo las propuestas más banales, entre las que esta temporada destaca un doble de George Clooney tan joven que podría ser su hijo. Tampoco me gusta ese Quevedo con quevedos que propone acercarse a la destinataria con dos flores, para que la agraciada escoja entre la rosa y el clavel. Este Sant Jordi pienso sorprender a mi pareja con uno de los personajes que más le gustan: el comisario Montalbano. Seguro que triunfaré. Es decir, me haré perdonar que, un año más, no nos veamos ni un minuto por Sant Jordi. Marco en Google Maps el lugar exacto de la entrega, tecleo la hora y añado una foto de mi pareja sacada de su perfil en Facebook. ¿Observaciones? Que el actor le diga al oído esta frase: “de part d'en Catarella, que no ha pogut venir personalment en persona”. Lo tecleo, clico y pago.

El metro se llena de pantallas y pantallitas, como siempre en hora punta. La gente lee las noticias del día, visiona videos, toquetea aparatejos, escucha música, habla por el móvil, twittea o gestiona sus mensajes. Recorro el convoy de punta a punta, buscando un asiento, pero veo por la ventanilla trasera que sólo queda espacio en el vagón unplugged. En Vilapicina bajo al andén y accedo a este furgón de cola. Recuerdo lo mucho que lucharon los grupos de presión propapelistas para que en el transporte público existieran espacios sin conexión a la red. Primero los llamaron pacificados y luego los aislaron del resto apelando a la tolerancia cero. Aquí no podré actualizar mis perfiles pero como mínimo descansaré. Me siento entre una anciana que lee una novela de la generación Nocilla y dos jovencitas enfrascadas en un repaso crítico de su grupo de amigos. No callan, pero como es una conversación presencial no tengo derecho a quejarme. La ordenanza del civismo no me ampara. En un rincón, un hombre barbudo tiene entre manos algo que parece ¡un diario de papel! Hacía tiempo que no veía ninguno. Supongo que todavía debe editarse alguna cabecera, pero los únicos papeles informativos que he tocado en estos últimos años son los que me ofrecen en un bar de Horta que frecuento, El Cafè de la Granota, el único en el que todavía imprimen en papel las versiones digitales de los diarios, en blanco y negro. Reconozco que me gusta leer esos dinacuatros grisáceos porque me recuerdan los fanzines ciclostilados que se estilaban en mi juventud.

Cuando me saco del bolsillo el folio requetedoblado en el que me he impreso la ruta de firmas Sant Jordi 2022 detecto una mirada de complicidad por parte del hombre barbudo. En esta tercera década del siglo XXI los partidarios del papel han desarrollado una gran solidaridad. Se han agrupado en asociaciones para difundir su postura propapelista y han propagado un elaborado argumentario para defender, en todos los foros, lo que ellos llaman “la cultura del papel” y sus adversarios “papiroflexia predigital”. Muchos escritores hemos sido mil veces requeridos para encarnar la defensa del propapelismo, vehiculada a través de una Iniciativa Legislativa Popular que está consiguiendo muchas adhesiones. La verdad es que he esquivado estas peticiones como he podido. Siempre me han gustado los libros, pero más me gusta leer, de modo que mientras pueda hacerlo no veo dónde está el problema. Y sí, en la biblioteca de casa conservo miles de libros impresos, pero a estas alturas ya casi debo tener más textos guardados en mi nube. El cloud computing me sedujo desde el primer momento. Antes de bajar en Verdaguer, el señor de la barba se me acerca y me dice que, años atrás, solía leer mis columnas en La Vanguardia. “Encara meʼn recordo de dues amb 600 adjectius que li va dedicar al Messi al principi del Barça de les 30 copes. I també resolia els seus mots encreuats, jove”. Le replico que, a pesar de la retirada de Messi, sigo escribiendo columnas y crucigramas para La Vanguardia, pero me mira como a un zombi y añade que él sólo lee en papel y que las máquinas no le interesan. Es muy cansado discutir sobre estas cosas en pleno 2022, de modo que me limito a desearle un buen Sant Jordi. El hombre salta del metro dando un bufido. “No meʼn parli, de sant...” La puerta del vagón unplugged degolla su draconiana queja.

Cuando llego a mi primera cita una señorita uniformada me informa de que ya hay una cola tremenda de lectores esperándome para la sesión de firmas. Miro a izquierda y derecha, pero no acierto a detectar ninguna aglomeración. La azafata me conduce a una especie de tienda india instalada en plena Rambla de Catalunya. Dentro está muy oscuro, pero la temperatura es muy agradable. Mientras aún intento adaptar la vista, la chica me ofrece bebida y me pregunta si deseo que me maquillen. A la que me doy cuenta, estoy de pie en un miniplató al lado de una señora que habla con acento de Lleida y asegura estar, ahora mismo, en plena Rambla de Lleida. Me doy cuenta de que mi interlocutora es plana. Es decir, que su imagen se proyecta en un croma como el que usan los meteorólogos par andar ante sus mapas. Me aferro a la bebida que acaban de servirme, carraspeo nervioso y sonrío a cámara. La señora que está a mi lado sin estarlo asegura ser una fiel lectora de mis libros desde hace muchos años, “de quan els llibres encara eren de paper i es compraven a les llibreries”. Me dice que mi última novela, Mai no som prou bons amb les llibreteres, le ha encantado, y que le gustaría que se la dedicase. La chica uniformada me informa que la señora de Lleida ha elegido el capítulo en el que la protagonista está a punto de morir despeñada en el valle hawaiano de Waipio. Luego me invita a quedarme quieto. Oigo un clic y dos segundos más tarde me acerca una pantalla de quince pulgadas para que extienda mi rúbrica sobre ella. No es mi primer Sant Jordi electrónico, pero aún me sorprende verme fotografiado al lado de una señora de Lleida justo ante el precipicio de Waipio que tanta importancia tiene en mi novela. Una especie de rotulador sin tinta me permite firmar en la pantalla táctil encima de nuestra foto. Firmo con el punzón y la señora desaparece de mi lado, sustituida por un hombre calvo.

Durante las diez horas siguientes visito otros siete puntos de firma. La mayoría son F & F como este. Foto y firma. No importa si están lejos o entran en el cubículo fotomatón para retratarse a tu lado. Todos se llevan la dedicatoria fotocaligráfica en su lector electrónico, en un fichero jpeg asociado al que contiene tu novela. En dos casos, la infraestructura de la librería que organiza la sesión permite transformar el documento en un quicktime con una breve conversación filmada del encuentro, que culmina en la pantalla dedicada. La metáfora caligráfica se mantiene, pero cada vez prima más el documento visual. Algunos lectores, tras la ceremonia de la firma, utilizan delante mío las opciones que se les ofrecen para compartir la dedicatoria fotográfica en las redes sociales. Ipso facto. La editorial donde publico Mai no som prou bons amb les llibreteres me ofreció hacer un seguimiento de todas mis dedicatorias por Facebook, Twitter, Flickr, YouTube y Vimeo. Decliné. Aún así, la mayoría de librerías distribuyen por todos estos anales y otros las sesiones de firmas de los autores que hemos accedido olímpicamente a someternos a la gira virtual de Sant Jordi 2022.

Antes de ir a cenar con mi editora y mi responsable de prensa para celebrar el número de descargas, visitamos la única librería que mantiene una sesión tradicional de firmas. Es una de las que forman parte del circuito propapelista, pero no de las más radicales, puesto que en su establecimiento también vende las versiones digitales de los mismos textos. El día de Sant Jordi, sin embargo, prescinde de su pragmatismo y apuesta exclusivamente por la fuerza simbólica de los libros de papel, con sus páginas, sus cubiertas, su solapa y ese olor de tinta al que tanto apelan los propapelistas canónicos. Reconozco que a estas alturas ya estoy más que harto de los miniplatós y agradezco sentarme tras una mesa, como solía. Es una parada modesta, pero muy militante, de modo que congrega un buen número de parroquianos propapelistas que esperan pacientemente con su ejemplar de Mai no som prou bons amb les llibreteres bajo el brazo. Pido un bolígrafo con mina de tinta azul y me dispongo a atenderlos. La primera es una abogada pelirroja, que no sólo trae su ejemplar impreso de mi última novela sino también los de las dos anteriores (Falòrnia y La vida anormal). Me dice su nombre y, mientras caligrafío trabajosamente su dedicatoria, le pregunto si le gustaron las dos novelas anteriores. Su respuesta me deja helado, en plena Barcelona olímpica 2022. Resulta que jamás lee los libros que compra; se limita a coleccionarlos, debidamente firmados por sus autores.


Màrius Serra. La Vanguardia. 23 d'abril de 2010

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