dimarts, 1 de juny de 2010

Barcelona bolibariana

El jueves un grupo numeroso de barceloneses nos acercamos en tropel a la Rambla de Catalunya a la altura de Consell de Cent, convocados por un establecimiento. Fue entre las siete y las ocho, a la hora de los cócteles y de las inauguraciones. De hecho, hubo canapés y parlamentos, pero nadie inauguró nada ni presentó ningún libro ni disco ni colección de moda alguna. Y, sin embargo, cualquier cronista cultural que pasara por ahí hubiera podido perpetrar uno de esos artículos cargados de nombres en negrita. No hubo ron ni combinados, pero hubo copas para todos, tanto en el interior como en la acera ramblera de enfrente. Dada la naturaleza metálica del convocante, algunos aspirábamos a tomarnos un destornillador (vodka con naranja), pero al final brindamos con cava. La ocasión se lo merecía. La Ferreteria Metal·listeria Bolibar cumplía cien años en el negocio. Un siglo que la nueva generación bolibariana define con un eslógan digno de una campaña electoral: "Bolibar, 100 anys obrint portes". Pero que también hubiera podido ser "100 anys fent manetes", "100 anys de claus" o "100 anys apanyant-nos", entre otros eslóganes alternativos que circularon el jueves entre la concurrencia que tomó el local reivindicando las tres últimas letras de Bolibar. Los centenarios pueden ser muy cargantes. Normalmente, los asociamos a (presuntos) grandes hitos culturales que a alguien le interesa recuperar para darse pisto, a lamentables hechos luctuosos que nos permiten recrearnos en las desgracias del pasado o a personajes olvidados cuyos espabilados redescubridores aprovechan para reivindicarse. Pero el centenario de una ferretería es otra cosa. Es la celebración de la cotidianidad. Muchas generaciones de barceloneses hemos entrado en Bolibar a por cerraduras o tornillos o clavos o manguitos o alguno dels múltiples productos de hierro o derivados. Y otros muchos también fueron clientes aún sin saberlo, porque su lampista decidió proveerse allí de todo lo necesario para cambiarle las bisagras de esa puerta que chirriaba o para instalarle una barbacoa. Y mientras eso pasaba, la ciudad y el país evolucionaban, tal como se refleja en la nítida cronología del férreo establecimiento, impresa en un Din A4 tan interesante como los que edita el cine Verdi para explicar las películas que exhibe.

Porque, más allá de los avatares familiares de las tres generaciones de ferreteros (Santiago, Jordi y ahora la bella BB: Bruna Bolibar), la cronología es un reflejo nada pálido de la evolución social. En 1929, el establecimiento participa en la Exposición Internacional con unos bronces artísticos que le reportan un galardón; en 1932 vive un gran descenso de las ventas que desemboca en unas reformas con rótulos de estilo cubista-racionalista; en 1936 el establecimiento pasa a manos del Comitè de Control Obrer y la Generalitat paga los salarios de los trabajadores; en 1958, en un contexto de recuperación económica, el famoso Plan de Desarrollo franquista permite acceder al comercio internacional; y, ya en 1990, la actual gerencia empieza la necesaria informatización de la tienda, hecho nada banal si tenemos en cuenta que inventariar sus productos equivale a contar los granos de arena de cualquier playa. Los dirigentes de la ciudad andan en horas bajas por culpa de las letras A, B y C asociadas a la D de Diagonal y a la F de fiasco faraónico. Urge recuperar el sentido de la proporción, otrora tan común y hoy en desuso. La letra B de Barcelona está asociada a la C de centenario. Lo demuestra la B del doctor Broggi y, desde el jueves, la B de Bolibar.

Màrius Serra. La Vanguardia. Dilluns 31 de maig de 2010

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