dimarts, 4 de maig de 2010

Sólo cambia el nombre

Mi compañía de telefonía me comunica que acaba de tomar la trascendental decisión de cambiar de nombre. De hecho, no lo hace directamente, sino que lo escucho por la radio: "A partir de ahora T es M", donde T y M son dos marcas comerciales cuyos nombres tienen un efecto en mi estado de ánimo similar al que buscan muchos catalanes sintonizando los programas de Intereconomía. Últimamente, mis vías de comunicación con T andan un poco deterioradas, de modo que el anuncio del cambio de nombre me pilla por sorpresa. Digamos que aún espero respuesta de T a una petición que cursé a través de su número 1004 el pasadísimo día 22 de febrero (de 2010). Recuerdo con nostalgia irrefrenable el momento en el que una de sus simpáticas voces multiculturales, sitas no se sabe en qué continente, recogió con gran amabilidad y cariño mis peticiones relativas al servicio de ADSL que les tengo contratado. En esos primeros instantes todo fueron parabienes, hasta el punto que estuve a punto de pedirle su número de teléfono particular para invitarla a tomar un té. Desde esa memorable jornada con la voz milcuatrista, las únicas noticias que he recibido por parte de esta intrépida T que a partir de ahora quiere llamarse M, han sido ofertas. Ofertas interesantísimas para mi futuro comunicativo, según su imparcial opinión. Sin yo quererlo ni pedirlo, al cabo de una semana recibí por correo postal dos conectores para portátil que, en teoría, debía pagar contra reembolso. A pesar de la hiriente nostalgia que aún me suscitaba la voz de terciopelo, los devolví. Queriendo y pidiéndolo a través de la vía 1004, en todo este tiempo no he recibido un nuevo router con wi-fi que sustituya al armatoste (sin wi-fi) que tengo en casa instalado desde hace casi diez años. Y eso que lo he pedido en idiomas diversos, en tonos variopintos y con timbres de voz muy variados. En una ocasión incluso ensayé el falsete para ver si así impresionaba a la voz aterciopelada de turno. En vano. De nada me sirvió mi sesión telefónica (ay) de Bee Gees.

Pero hay más. Queriéndolo y pidiéndoselo a T con el mejor de los talantes, he recibido siempre la callada por respuesta a mis peticiones. Y eso que me en realidad me limitaba a aceptar las nuevas ofertas que desde la misma T me proponían para contratar un nuevo servicio de Adsl, con más capacidad y a menos de la mitad de precio de la tarifa que pago religiosamente desde hace diez años. Nunca he podido convencerles de que trataran mejor a un viejo cliente como yo. Quieren carne nueva para sus parrillas. Para acabar de rematar tanto silencio administrativo por parte de T, en los últimos quince días mi línea fija de voz ha caído tres veces, levantándose posteriormente en dos de las tres ocasiones. ¿A que no les resulta difícil imaginar en qué estado está mientras redacto este artículo? Es matemático. Por eso, antes de saber que T cambiaría de nombre, ya había decidido que yo también cambiaría T. De entrada, no voy a reclamar más. En casa, prescindiremos de una vía de comunicación con el mundo exterior por la que ya sólo nos llegan ofertas de telemarketing. El siguiente paso será entrar en sintonía con el cambio de nombre de T, pero en vez de cambiarlo por M, escoger otra letra. Será sumamente interesante ver qué condiciones ofrecen J o V para ver si Jazztel o Vodafone son nombres más interesantes que M. Eso sí, cabe reconocer que en la comunicación de su cambio de nombre, los viejos monopolistas de T son sinceros en una cosa: "Sólo cambia el nombre". Como tantas otras cosas del pasado.


Màrius Serra. La Vanguardia. Dimarts, 4 de maig de 2010.

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