dimarts, 22 de juny de 2010

Catalunya felina

El monólogo de Pujol en TV3 fue fascinante. Punteado por las incitaciones de Miquel Calçada y enmarcado por el zoom de Manuel Huerga, el ex president transmitió una buena dosis de la sabiduría acumulada en ocho décadas de existencia, en plan Cadena 80 Serie Oro. Pujol tiene más vidas que un gato, y su discurso es capaz de adaptarse a las circunstancias de cada momento, lo que alguien podría considerar un defecto pero sin duda es una virtud. Escuchándole vislumbré el sentido último de la expresión gat vell, definida por el DIEC como: "Persona de molta experiència, que sap tots els trucs, que difícilment hom pot enganyar". La asociación felina me inspiró un paseo verbal por el territorio común que forman la fraseología gatuna y el catalanismo, ensambladas a través de la lengua inglesa por el emblemático CAT. Saboreé sin prisas las analogías que emanan, en clave catalana, de frases tan coloquiales como "ser cuatro gatos", "dar gato por liebre" o "haber gato encerrado", que funcionan tanto en castellano como en catalán, amén de otras expresiones exclusivas, como "llevarse el gato al agua", "estar com el gat i el gos", "defenderse como gato panza arriba", "jugar al gat i la rata", "buscar el gato en el garbanzal" o "gat escaldat amb aigua tèbia en té prou".

Una de las ideas fuertes del monólogo pujolista fue la persistencia, expresada bajo diversas formulaciones, como un tarradellista "som aquí", cuya derivada contemporánea sería el "ens ha costat déu i ajuda, arribar fins aquí" de los Manel. El catalanismo, como Pujol, tiene más vidas que un gato, y eso nos lleva al gran quid del indiscutible éxito pujolista, que su heredero Artur Mas ya está empezando a explotar: la ambigüedad. Una ambigüedad calculada, sí, pero también inherente al sentir mayoritario de los catalanes, poco dados al maximalismo. Porque, ¿cuántas vidas tiene un gato? Pues una, como todo el mundo: "jo puc ser més coses, com espanyol o europeu, però primer de tot sóc català", Pujol dixit. Pero también se dice que tienen siete o, más exactamente, entre siete y nueve, lo que refuerza la teoría de la ambigüedad como motor del catalanismo. En castellano (o en catalán) las vidas del gato son siete, pero el mundo anglosajón sostiene que son nueve. Incluso Shakespeare lo recoge en Romeo y Julieta, cuando Teobaldo y Mercutio empiezan a luchar, el Capuleto pregunta que qué quiere de él y el Montesco le responde: "Good king of cats, nothing but one of your nine lives" (buen rey de los gatos, sólo quiero una de tus nueve vidas). ¿Nueve? Pues sí. Los ingleses toman esta cifra de la civilización egipcia, que veneró al gato en tiempos de la Enéada, el conjunto de nueve dioses que conformaban la cosmogonía de Heliópolis. En cambio, en el mundo latino las presuntas vidas del gato se asocian al número siete, que también es un número mágico.

Desde que el nuevo Estatut embarrancó el catalanismo lleva discutiendo si le quedan siete o nueve vidas, cuando lo único importante es la vida que vivimos. En 1894 el fisiólogo francés Etienne-Jules Marey filmó la caída de un gato con una cámara que registraba 60 imágenes por segundo. Lo había dejado caer patas arriba, pero no se hizo ningún daño. La grabación resolvió el enigma. En plena caída todo el cuerpo del gato reaccionaba inmediatamente maniobrando con cabeza, lomo, patas y cola para caer en buena posición y minimizar así el impacto. Esta maniobra felina es en la que deberíamos concentrarnos ahora mismo, sin pararnos a discutir si nos quedarán seis u ocho ocasiones más para volver a desafiar a la muerte.


Màrius Serra. La Vanguardia. Dilluns, 21 de juny de 2010

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