Guruceta vuvuzela

Los clamorosos errores arbitrales del domingo en el Mundial han reavivado el debate sobre el uso de la tecnología en el fútbol. Las filmaciones de los partidos no obran milagros, pero cubren la mayoría de las acciones que se dan en el campo, incluidas las que pasan desapercibidas a los seis ojos del trío arbitral y a los dos de ese reserva extraño llamado cuarto árbitro. En fútbol, los escándalos más sonados suelen pasar en el área: goles anulados, goles en fuera de juego, penaltis señalados o no señalados... Naturalmente, una entrada (o agresión) merecedora de expulsión puede suceder en cualquier parte del campo, pero en general las discusiones más encendidas giran siempre alrededor del gol (y su sucedáneo, el penalti). El domingo, el guionista de este Mundial se marcó dos errores arbitrales GCC: gravísimos, consecutivos y complementarios. Por la tarde el colegiado uruguayo Jorge Larrionda no concedió a Inglaterra un golazo de Lampard que botó clarísimamente en el interior de la portería alemana. Por la noche, el colegiado italiano Roberto Rosetti concedió un gol a Argentina en clarísimo fuera de juego de Tévez ante el portero mexicano. Ambos lances fueron determinantes para el desarrollo de los dos partidos. En ambos casos las imágenes que todos pudimos ver esclarecían sin ningún género de dudas la jugada: gol legal de Inglaterra y gol ilegal de Argentina. En el segundo de los casos, el árbitro incluso consultó largamente con su juez de línea, antes de corroborar su error. El seleccionador inglés Fabio Capello fue quien más claramente situó el debate en el ámbito tecnológico. Afirmó no comprender por qué no se usa la tecnología para deshacer entuertos como el que tan claramente perjudicó a su equipo. Tiene toda la razón. Hay jugadas dudosas e interpretables, y es al árbitro a quien compete interpretarlas, pero tener más información le ayudará a ello. Sobre todo porque también hay jugadas de una claridad meridiana, como las dos del domingo, ante las que el colegiado puede tener una certeza absoluta y rectificar, si le es preciso. ¿Qué le costaría al cuarto árbitro en un partido de élite tener una pantalla disponible?

Pues no. He ahí un tabú. Arbitraje y tecnología forman una pareja en conflicto, como si utilizar todos los medios a su alcance fuera en detrimento de la autoridad arbitral. En los partidos de Champions en el Camp Nou dejan repetir los goles por las pantallas gigantes siempre que la jugada no sea polémica, con la peregrina idea de proteger al árbitro ante nuestra ira por sus presuntos errores. Como si no existieran las radios y sus comentaristas, que sí trabajan con las imágenes prohibidas. Otros deportes (como el atletismo, la natación, el fútbol americano, el tenis...) han sido menos refractarios a incorporar avances tecnológicos. El fútbol no. Aún se escucha aquel sonsonete vuvuzélico que reza: "el día que los árbitros, que son humanos y por eso se equivocan, puedan ver la repetición de la jugada el fútbol dejará de ser el fútbol". No en vano Guruceta y vuvuzela comparten vocales. Fútbol es fútbol, sostiene Cruyff. Pero las memeces también son memeces. Porque si el uso de la tecnología atenta contra la esencia del fútbol, ya pueden ir requisando los pinganillos con los que los árbitros se comunican con sus jueces de línea. Luego, que les despojen de su reloj y que se rijan por la luz para determinar la duración de los partidos. Y finalmente, que les retiren el silbato y que practiquen el silbo canario para pitar. Eso sí que daría un baño de autenticidad al deporte que más dinero mueve de todo el planeta.


Màrius Serra. La Vanguardia. Dimarts, 29 de juny de 2010

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