Hilillos musicales

Hace un mes los responsables de un centro comercial barcelonés que empieza por L'illa y acaba por Diagonal anunciaron a bombo y platillo que el hilo musical había muerto. Tan gratificante noticia se basaba en una iniciativa musical de gran interés. A partir de un proyecto de Gràcia Territori Sonor (asociación dedicada a la música experimental que ha aglutinado a creadores tan interesantes como Víctor Nubla, Pascal Comelade o los Koniec) se instalaron 233 altavoces de un dispositivo llamado Domus. Partiendo de parámetros diversos (la hora, el flujo de visitantes, la temperatura, la humedad o las dimensiones de la zona de cada altavoz) Domus calcula sonidos audibles. El resultado no es una composición musical sino un sistema sonoro autogenerador que dialoga con el entorno convirtiendo el edificio de Moneo-Solà Morales en una especie de instrumento. Nada que ver con el edificio abandonado que hace sonar David Byrne en Nueva York en su "Playing the building". Aquí, los sonidos de Domus tienen la sana intención de pasar desapercibidos. Durante trece horas cada día, las diversas situaciones del centro comercial dan pie a cojines sonoros diversos, distintos, discretos y aleatorios. El día de su estreno Jordi Puntí escribió sobre la muerte del hilo musical en El Periódico tildándola de "eutanasia metafórica". En el fondo, acariciaba la idea que el ejemplo podría cundir en ascensores, aeropuertos, teléfonos en espera o consultas de dentista para gran tranquilidad ambiental. Lamentablemente, de momento el ejemplo no sólo no ha cundido, sino que la música no deseada está ganando terreno a marchas forzadas.

Las clásicas bandas sonoras de supermercados, ascensores y salas de espera siguen ahí, con sus hits sacados directamente de los expositores de las gasolineras. En el parking automatizado del Mercat de la Mercè, por ejemplo, cerca de donde vive mi madre en Nou Barris, el hilo musical aún taladra los tímpanos de los clientes con los mejores ripios de Joaquín Sabina a toda castaña. Seguro que al amigo de Serrat le gustaría saberlo, porque lo subterráneo le añade resonancias impensables en otros entornos. ¿Y qué decir de las vuvuzelas que no se haya dicho ya? Pues de entrada que el nombre zulú de la trompetilla (porque las vuvuzelas son simples trompetillas de plástico, probablemente patrocinadas por GAES u otras empresas que se dedican al fascinante mundo de la audición) convive con otra denominación en lengua setsuana de sonido tubercular: lepatata. Aparte de este apunte gastronòmico-lingüístico, cabe denigrar no ya su uso abusivo en el mundial de Sudáfrica, sino su contagio a otras competiciones deportivas. Todos oímos la triste banda sonora de un partido de beisbol en los Estados Unidos boicoteado a son de vuvuzela hasta extremos insoportables. ¿Cuál será el próximo escenario de la invasión trompetillero?

Eso me preguntaba yo hasta que el martes, transitando por la zona del centro comercial que da al auditorio, recibí una respuesta contundente. Intentaba yo captar la sutileza del Domus cuando, a mi vera, sonó una estrepitosa vuvuzela. Busqué una pantalla de televisor sin conseguir localizar ninguna y, por fin, me di cuenta de lo que sucedía. Una señora de edad indefinida había aplicado el sonsonete infecto de las vuvuzelas a su móvil, como quien le aplica la canción del verano. La insoportable sonsonia africana ya ha colonizado los politonos de nuestros teléfonos móviles. El paso siguiente será lanzarlos todos al río, a la manera del mítico Prestige y sus hilillos de plastilina.


Màrius Serra. La Vanguardia. Dijous, 24 de juny de 2010

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