Last (por último)

Esta tarde a las seis hay clase. De haberlo sabido con tiempo probablemente me las habría apañado para asistir, pero no voy a poder ir. Por eso, me excuso ante el profe por escrito, obviando el justificante de la institución vasca que me retiene a unos cuántos centenares de kilómetros del Aula Magna de la UB, mi universidad, sita en la ronda barcelonesa homónima. En esa misma aula, hará veinticinco años, me examiné de una asignatura de Lingüística que impartía Sebastià Serrano y, tras entregar el examen, El profesor Serrano me dejó tocar un piano que había en la sala. Supongo que mis compañeros aún andan maldiciendo mi querencia por el blues. La clase de esta tarde la imparte el doctor Joan Solà i Cortassa (Bell-lloc d'Urgell, 1940) y es la denominada "lliçó final" de su carrera universitaria. Solà, licenciado en filología clásica por la UB (1965), doctorado en filología catalana (1970) y master en lingüística por la Universidad de Reading (1977), se jubila hoy a los 70 años, en pleno apogeo intelectual, tras ser galardonado con el premi d'Honor de les Lletres Catalanes en 2009. Como quiera que la universidad es una institución sumamente formal, el ritual de la lección final se abre a la ciudadanía, y es probable que el aforo, a pesar de la magna amplitud del aula, se vea desbordado por oyentes ávidos de asistir a la última lección de un verdadero maestro. Reitero que me gustaría escuchar hoy a Solà, estar en la última (que no a la última) de sus clases, entre otras cosas porque es un gran orador, que ha ido ganando vehemencia con la edad, y seguro que habrá pensado muy bien cuáles serán sus últimas palabras (académicas). Su herencia es enorme, tanto por su obra ingente de gramático como por su actitud atentísima en la exploración de un territorio tan sacralizable como la lengua.

Lo último suele ser significativo, aunque es muy distinto si el protagonista actúa a sabiendas del final o si, por contra, no es consciente de ello. Cuando el presidente Pujol decidió no volver a presentarse a la reelección se pasó un año practicando todo tipo de últimos momentos como presidente: hizo su último discurso de fin de año, vivió su último Sant Jordi, su última Diada del 11 de setiembre, presidió por última vez tantos y tantos actos... Hoy, el presidente Montilla podría estar haciendo lo propio, pero no tiene la certeza de ello, porque tal vez en su fuero interno cree que podrá remontar las encuestas y mantenerse en el cargo otra legislatura. Laporta hizo como Pujol, aunque tal vez no fue tan consciente de que era su última liga en la tribuna. En el deporte todo va más acelerado, sobre todo en los banquillos, y es muy raro quien puede decidir sobre su futuro, de modo que muchos entrenadores sólo son conscientes de estar viviendo sus últimos días en el banquillo cuando ven la cara del presidente de turno en el vestuario. Estos días, un gran número de periodistas del diario Avui se han despedido de sus lectores por el notable recorte de plantilla que la nueva dirección ha aplicado, pero yo mismo podría morir mañana y dejar escrita aquí mi última columna sin sospecharlo. El género más radical de despedidas es, sin duda, la nota de suicidio. De entre todas las que conozco me quedo con la del inventor George Eastman, el hombre de la kodak, que se suicidó en 14 de marzo de 1932 dejando esta nota: "A mis amigos. Ya he terminado el trabajo. ¿Para qué esperar?". El lenguaje siempre contiene secretos interesantes. En inglés, el adjetivo último corresponde a last, pero last es también un verbo de significado inequívoco: durar.


Màrius Serra. La Vanguardia. Dijous, 17 de juny de 2010

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