Todos somos becarios

Cada sector tiene sus millets y sus pretorias. La universidad, desde la que se suelen proyectar discursos moralizantes, no es ninguna excepción. Las luchas por el poder son de dimensiones catedralicias (nótense las siete primeras letras del adjetivo) y circulan más cuchillos que en una cocina. Si medimos la corrupción en ceros la universidad no tiene nada que hacer en la liga de las estrellas (constructores y políticos), pero si valoramos la intensidad del abuso, podemos afirmar con orgullo que nuestra universidad retoma su posición central en la sociedad. Uno de los abusos de arte menor que se practican en las aulas universitarias es el uso de los trabajos del alumnado a beneficio del profesor. Pongamos un ejemplo al azar: un catedrático de literatura catalana decide escribir un libro muy sesudo sobre la presencia de las estructuras geométricas en la obra narrativa del último premio Nacional de literatura, Miquel de Palol, que no es ni breve ni demasiado leída. Pues nada, durante dos o tres cursos ordena a sus alumnos de Filología que peinen la veintena de obras narrativas de Palol a la búsqueda de referencias geométricas que luego él utilizará para su magno ensayo. Eso sí que es fichar a buen precio, y no lo de Florentino. Por poco que se esmere, el catedrático en cuestión tendrá a su disposición un equipo de colaboradores que ríete tú de la redacción de un diario.

Pues bien, yo soy uno de ellos y no lo supe hasta ayer. Y usted, que ahora mismo lee estas líneas mientras desayuna, en un alto del trabajo. Y todos, o casi todos los que usamos con frecuencia las redes sociales en Internet. No, no es que todos estemos leyendo a Palol sin darnos cuenta, sino que, vía Google, trabajamos de becarios para, entre otros, >The New York Times. No padezcan, nuestros trabajos forzosos se limitan (y se limitarán) al tecleo de palabras en los llamados captcha, pero las circunstancias son tan alambicadas como la narrativa paloliana. De entrada, un captcha es aquella palabrita difuminada que en webs, blogs y redes sociales nos piden que descifremos y tecleemos antes de darnos permiso para introducir algún comentario o fichero. La palabreja, que en inglés se pronuncia de modo muy semejante al verbo capture, es acrónimo de "Completely Automated Public Turing test to tell Computers and Humans Apart". Se la inventaron en la Carnegie Mellon University hace diez años, junto al mecanismo que en teoría asegura que los robots no puedan hacer según qué procesos automáticamente. Sólo el ojo humano descifra esa palabra distorsionada por el escáner. Pues bien, de un tiempo a esta parte, los captchas nos proponen teclear dos palabras reconocibles en inglés que no están elegidas al azar sino que forman parte de un texto que alguien paga por digitalizar. El sistema se denomina Recaptcha y Google lo compró el pasado septiembre. Desde entonces, lo utiliza para digitalizar, entre otros, los archivos del New York Times. Primero se escanea, pero como quiera que los programas de OCR requieren correcciones, Recaptcha envía a la red paquetes de dos palabras distorsionadas por escaner. La primera es conocida. Sólo la segunda pertenece al texto que están corrigiendo, pero si el usuario de Facebook o Twitter teclea bien la primera deducen que también lo hará con la segunda, y aceptan su criterio. De ese modo tan sibilino, sin nosotros notarlo siquiera, trabajamos de becarios para Google digitalizando el New York Times. Ya llevan 20 años y aún les faltan 110. Desde que lo sé, tecleo bien la primera palabra y mal, a posta, la segunda. Hasta que paguen.

Màrius Serra. La Vanguardia. Dimarts, 1 de juny de 2010

Comentaris

  1. ¿Yqué de los lectores que emplean las editoriales revisaando manuscritos? El tema del saq1ueo, sea de profesores a alumnos o escribas a escritores radica en un sólo manjar universal, escaso y zumoso: las ideas.
    Parir una idea no es frecuente. Muchos autores, académicos y periodistas avezados están en dique seco. Entonces llegan cabalgando estos jinetes de Atila y les realimentan, valiéndose del anonimato que rodea al genio u ocurrente que no conoce nadie. La vieja historia reproduce ad in finitum lo del pez grande devorando al pequeño. Luego suelta lo que digiere y lo que no, a través de energía o heces. A menudo las ideas brillantes carecen de brillantes ladrones.Para el caso las almas son incopiables; aunque una buena idea resulte zarandeada por tantos canallas.

    ResponElimina

Publica un comentari a l'entrada

Entrades populars d'aquest blog

Exèquies laiques: el capdevilisme

¿Qué es una nación?

Barthes, el símptoma