dijous, 22 de juliol de 2010

Valentino y la belleza

El acelerado retorno de Valentino Rossi a las pistas ha cosechado muchos elogios. Rossi se accidentó gravemente en Mugello el 5 de junio. La factura del porrazo fue una fractura abierta de tibia y peroné. En teoría, debía estar fuera de juego durante dos meses, pero cuarenta días después ya lo tenemos dale que te pego. También habrá quien considere que Rossi está zumbado, pero no creo que esta conclusión se derive de verle acercarse a la moto con una muleta antes de salir como una bala. No nos cuesta admitir que los pilotos de velocidad son seres especiales, cuya adicción a esa extraña forma de vida que es el movimiento acelerado les convierte en Ícaros motorizados. Fascinantes y vulnerables. Rossi no es el único. Hemos visto a muchos pilotos lesionados que, desechando cualquier atisbo de prudencia, se empecinan en competir encima de su moto. Las imágenes de Jorge Lorenzo siendo empujado en silla de ruedas hasta la moto y luego montando en ella en volandas aún nos sobrecoge. El mallorquín llegó a competir con los dos tobillos rotos. También Dani Pedrosa se ha montado en la moto cuando el común de los mortales seguiría ingresado en un hospital recuperándose de las lesiones sufridas. Por eso, no me extrañó nada ver el viernes a un Rossi sonriente, enfundado en su buzo de cuero y con la muleta en la mano, pero sin saber por qué me lo miré con otros ojos. Y, más allá de fijarme en su audacia o temeridad, clavé la mirada en la joroba de su uniforme. Rossi, como casi todos los pilotos, es delgado, pero dentro de su buzo parece una iguana con patillas.

Desde el accidente mortal de Daijiro Kato en el Gran Premio del Japón de 2003, la seguridad se ha convertido en una obsesión para los equipos de motociclismo. Eso ha modificado muchos elementos de las máquinas, pero también ha influido en el atuendo de los pilotos. El buzo que lucen estos chavales utiliza cuero de canguro, porque por lo visto es más ligero, resistente y flexible que el cuero vacuno. Además, algunas zonas delicadas del cuerpo presentan en el buzo protecciones suplementarias de carbono, kevlar y titano. Unas de las zonas más reforzadas son las rodillas, cuyos protectores están compuestos de termoplásticos resistentes a la fricción con el asfalto que provocan las bestiales plegadas que se marcan los motoristas más audaces. En total, el buzo puede pesar entre tres y cuatro kilos, lo que casi debe ser un 10% del peso de muchos pilotos. Y luego está la joroba, esa giba espeluznante que ya nos hemos acostumbrado a ver en la espalda de estos jóvenes triunfadores. Una prótesis de seguridad que, en algunos casos, puede contener un sistema de refigeración para reducir la temperatura interna del piloto o airbags protectores que se despliegan en caso de caída.

Que los héroes del motociclismo caminen como patos jorobados no obsta para que la sociedad los tome como modelo de éxito. La corcova de Rossi, sumada a su muleta, le transforma en un ser en apariencia discapacitado, con todos los elementos para crear alarma social. Pero resulta que, en vez de rechazo, la visión del jorobado Rossi cojeando enera atracción. He aquí una prueba ineluctable de la variabilidad de los cánones de belleza: las chinas y sus pies vendados, las africanas y sus labios deformados, los motoristas y sus jorobas patrocinadas. El jueves pasado escribí sobre las risas burbujeantes y los sólidos andares de la adolescente autista que protagoniza de la película "María y yo". Valentino Rossi es bello con su joroba. María Gallardo es bella con sus andares.


Màrius Serra. La Vanguardia. Dimarts, 20 de juliol de 2010

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