dilluns, 26 de juliol de 2010

Ventanilla única

Durante años, algunos ciudadanos han solicitado la simplificación de los trámites burocráticos. Ya sea para pedir una ayuda social, abrir un negocio o resolver una herencia. Su sueño dorado sería una ventanilla única para todo lo relacionado con un mismo tema. La administración afirma dar pasos en este sentido, pero la realidad es otra. El viernes 16, a una semana justa del primer aniversario de la muerte de nuestro hijo Lluís, nos llegó un pago de 250 euros por la "Pensió de Protecció Familiar" que su discapacidad nos otorgaba. Todos los trámites derivados de su defunción el 24 de julio de 2009 están más que cumplimentados. Ya lo estaban cuando el 24 de noviembre publiqué un runrún titulado "Aquí no hay quien muera" en el que relataba la odisea burocrática post mórtem. Lo de ahora ya me parece recochineo. Lo consigno aquí para darme el gusto de rematarlo con un desacato. ¿Saben qué? No pienso devolver ese dinero. Son unos ineptos y si me lo reclaman se lo enviaré en billetes de Monopoly (o en especies: un abono en purines satisfaría mi noción de ecuanimidad). Nuestras administraciones están más desconectadas que la televisión analógica y el mito del interlocutor único más verde que Schrek. En cambio, parece que en el ámbito privado la ventanilla única de cobros múltiples causa estragos. Me lo cuenta un amigo que viajó por vez primera con ese soldado llamado Ryan que monopoliza el aeropuerto de Girona. Volaba a Londres. Los precios que hallaba pasaban de 200€. Incluso de 300€. Ryan Air se lo ofrecía por menos de 70€, ida y vuelta. Luego añadían tasas y algún otro concepto inexplicablemente desglosado, pero aún así el total no superaba los 100€. Por más que sus prejuicios le azuzaban, pensó que pagar el doble o el triple le dejaría una cara de tonto que le duraría todo el verano, de modo que cedió. Compró los billetes y le dio por leerse la letra pequeña.

Eso le salvó. Una de las cosas que mi amigo hace en Londres es comprar cosas del siglo pasado: libros, cómics, discos, ropa rockera en Camden Town... Por eso reservó un billete con una maleta. Ya le pareció un timo tener que pagar 40€ extra por ella, pero la cosa se complicó cuando leyó el peso máximo. El equipaje de mano puede pesar hasta 10 kilos, pero la maleta facturada ¡sólo 15! La penalización es de 20€ por kilo de exceso. También pringa quien no lleva impresa de casa la tarjeta de embarque (20€). Mi amigo la imprimió. Luego pesó la maleta en la báscula del baño y vio que se pasaba dos kilos. La vació y comprobó que su Samsonite ya pesa 7. Tuvo que coger una mochila vieja para asegurarse de esquivar la penalización. Luego pagó los peajes de la autopista hasta Girona (6€) y dejó el coche en el párking. El vuelo 9228 de las 13:30 del 17/7 salió con casi tres horas de retraso, aunque mi amigo no imputa esa incomodidad a la filosofía bajocostista. Sí que se apuntó, en cambio, las 98 libras esterlinas que le hubiese costado un taxi desde el aeropuerto de Gatwick hasta el centro de Londres. Al final, fue en el tren directo a Victoria (unos 20€), aunque había un cercanías más barato a London Bridge. Me cuenta que los cuatro días le pasaron volando, que esta vez bebió más cerveza que nunca, pero que apenas compró libros pensando en la báscula. Volvió a Gatwick en tren (20€), el párking de Girona le costó más de 40€, la autopista 6€ más, y el kilometraje total (a 0,19€) supondría unos 38€. Al volver a casa sumó los extras de transporte y comprobó que viajar en Low Cost le había salido más caro. Eso sí, ahorró mucho en libros.

Màrius Serra. La Vanguardia. Dilluns, 26 de juliol de 2010

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