Exportar importa

Els Amics de les Arts triunfaron en el concierto mercedario en la Damm igual como en su día lo hicieran los Manel. Es una excelente noticia para el panorama musical catalán, cuyas tribus son vitales y tan variadas que sólo un oído cargado de prejuicios no hallaría argumentos para disfrutarlas. Antes del exitoso Bed & Breakfast Els Amics publicaron un primer disco llamado Castafiore Cabaret en el que ya anunciaban su talento. Me sorprendió favorablemente que lucieran sin complejos un nombre tan culturalista, escogido en 2005, y por tanto sin relación con Facebook. Tal vez lo sacaron de un libro de texto, porque L'Amic de les Arts fue una cabecera mensual de arte y literatura que se publicó en Sitges desde 1926 a 1929, con firmas tan notables como JV Foix o Salvador Dalí. La fórmula Els Amics de,,, es habitual en el mundo asociativo. Pocas noches antes del merecido baño de masas de Els Amics de les Arts, se celebró una recepción menos multitudinaria en el palacio de Pedralbes. Allá, presididos por el conseller Castells, se reunieron Els Amics de Gaspar de Portolà, una entidad catalano-californiana que toma el nombre de este hijo ilustre de Os de Balaguer que figura entre los pioneros que colonizaron California en el siglo XVIII. El sábado Jaime Arias publicó una crónica de sociedad sobre el acto. Allí leí que la entidad cumple treinta años. Glups. Supe de Gaspar de Portolà en la universidad. Algún profesor divulgó la entonces reciente creación de la entidad y corrió entre nosotros la leyenda etimológica que el topónimo California provenía del catalán. Según la especie, Gaspar de Portolà se habría quejado de las altas temperaturas de California exclamando algo así como "aquí fa una calor de forn". Y de ahí procedería el topónimo. La leyenda de parece tan imaginativa como aquella otra etimología popular que pone en boca del rey Jaume I el étimo de la horchata, tras ofrecérsela una bella morisca y exclamar el rey, galante: "açó és or, xata!". Pero lo cierto es que, en algunas comarcas catalanas del interior, las despensas subterráneas de las masías se denominan califòrnies.

Los catalanes exportamos muchas cosas, pero no dominamos demasiado el arte de colocar nuestros productos culturales. Con las consabidas excepciones, pocos de nuestros libros, discos o películas saltan la barrera del succès d'estime. Con las palabras sucede lo mismo. Pocos vocablos catalanes encontraremos popularizados en otras lenguas. En el cercano castellano capicúa, por ejemplo, o chuleta, procedente de xulla (costilla). Pero poca cosa más. ¡Una vez que conseguimos exportar la peseta (de peça) nos la sustituyeron por el euro! Si se confirmase lo de California nuestro caché mejoraría, claro, pero no hay quien lo documente. En cambio, de cara a la movida jornada huelguista de mañana, tenemos una exportación de prestigio que nos puede situar en esos mercados internacionales que trata de seducir Zapatero. Se trata de esquirol. El vocablo catalán que designa a la ardilla saltó a topónimo en Osona durante el siglo XIX por una ardilla enjaulada a la entrada de la posada homónima en una de las poblaciones que hoy integran el municipio de Santa Maria de Corcó. Por lo visto, en diversas convocatorias de huelga que se dieron a principios del siglo XX en las fábricas textiles de la zona, algunos vecinos de L'Esquirol se ofrecieron a trabajar, dando paso a que esquirol quedara como sinónimo de strike breaker. Empezó siendo un término despectivo, pero todo apunta que la revaloración del derecho al trabajo acabará por conferirle un sentido elogioso.


Màrius Serra. La Vanguardia. Dimarts, 28 de setembre de 2010

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