dimarts, 14 de setembre de 2010

Exotismo catedralicio

En el Vivir de este domingo María-Paz López se hacía eco de una novedad editorial catedralicia. Esta vez no se trata de ningún digest histórico novelado con decorado visitable, a la manera de La catedral del mar de Ildefonso Falcones, sino de un libro que reúne episodios históricos relacionados con la catedral de Barcelona. El autor es el canónigo Josep Maria Martí i Bonet y el título resulta diáfano: La catedral de Barcelona. Història i històries. Ya está disponible en catalán y en castellano, y por lo visto la versión en inglés es inminente. Todo lo recaudado se destinará a completar las obras del templo. O sea, que mejor salgamos disparados a comprarlo, que ya va siendo hora de poder pasearse por una catedral sin andamios. El final del túnel catedralicio parece cercano. Se estima que la restauración terminará dentro de seis meses. El otro túnel, el de la Sagrada Família, también avanza en el subsuelo barcelonés y en nuestro inconsciente contaminado de socavones, pero en este caso no hay libro que pueda sufragar lo que resta para que la obra de Gaudí pueda darse por concluida. A juzgar por los episodios reproducidos este domingo, el libro del canónigo Martí será una lectura muy recomendable. La verdad es que las catedrales siguen siendo un polo de atracción, hasta extremos tal vez demasiado masivos. Que se lo pregunten a Ken Follett, que ha cimentado su fortuna sobre sus pilares. Muchos de sus lectores son como esos turistas que entran en ellas para darse un respiro al fresco, se sientan en sus bancos, levantan la vista y abren la boca, admirados, antes de exclamar alguna obviedad sobre la magnitud del templo. En las últimas décadas, cada vez que he visitado una catedral me he fijado más en los comentarios de la gente que en los vitrales. Incluso fisgoneo en el libro de visitas, que siempre resulta una lectura sorprendente.

Pero eso no fue siempre así. Antes de que los árboles del turismo me impidiesen fijarme en el frondoso bosque que ocultan, tuve grandes momentos catedralicios. Por ejemplo, con la historia de unos misteriosos papagayos que aparecieron rodeando los escudos cuatribarrados en las cristaleras de san Juan Evangelista y san Pedro Apóstol, a ambos lados de la santa Cruz y santa Eulalia. Cada escudo está rodeado de cuatro minúsculos rectángulos de vidrio blanco (de 22x9 cm) que contienen la representación de un bicho de color verdinegro. Escudriñados con binóculos desde el interior de la catedral pueden parecer lagartos, pero un estudio sobre el estado de los vitrales patrocinado por el IEC en 1991 desveló que eran papagayos de color verde y pico negro. Como quiera que hay 28 escudos en la cristalera de san Juan y otros 27 en la de san Pedro, estamos hablando de un total de 240 papagayos camuflados. Una verdadera bandada de pájaros exóticos que puede parecer un oráculo sobre la invasión de esas cotorras argentinas verdes que proliferan en Barcelona. La sorpresa saltó al constatar que las cristaleras datan del siglo XIV, de modo que la procedencia de los papagayos no podía ser América, como en la mayoría de nuestras aves exóticas, sino África o Asia. Ni en Europa ni en Oceanía no existían pájaros afines. La cosa acabó como en un cuento de Joan Perucho. Se consultaron bestiarios medievales y, resiguiendo la pista de los pájaros verdes, se llegó al monasterio de Leyre. Allí se documentó un trapo de tafetán mozárabe del siglo XI, ahora en un museo de Pamplona, que muestra dos papagayos enfrentados junto a la inscripción sitacusest, relativa a la palabra latina psittacus (loro o papagayo).

Màrius Serra. La Vanguardia. Dimarts, 14 de setembre de 2010

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