dilluns, 6 de setembre de 2010

Experiencia manzanera

Imaginemos un programa informático de fusión verbal. Tecleemos estos cuatro sintagmas: "El tiempo es oro", "Los peces en el río", "Quien espera desespera" y "La manzana de la discordia". Pinchemos ahora en el botón de mezcla y leamos el resultado que nos propone esta suerte de Google Shaker: "Quien espera la manzana de oro desespera a los PCs de la discordia (me río)". Prescindamos del risueño paréntesis (Steve Jobs) y concentrémonos en "la manzana de oro". Como ya se habrán cansado de oir, Apple inauguró el viernes su primera tienda en Barcelona (bueno, en La Maquinista, que técnicamente está en Barcelona, según demuestra su dirección postal de paseo Potosí). Tal vez hayan visto en algún noticiario la retransmisión del momento en el que abrió sus puertas. Fue memorable. A un lado, ochenta empleados uniformados con su camiseta manzanera levantando las manos al grito de Bar-ce-lo-na!!! Al otro lado, centenares de clientes organizados durante la larga espera con unos dorsales numerados que llegaban hasta el número 80. Algunos de ellos incluso lucían camisetas conmemorativas serigrafiadas para la ocasión con la fecha y mensajes del tipo >I-was-there. Las imágenes concluyen con un breve epílogo de clientes extasiados mientras husmean entre las variadísimas manzanas de la tienda y fundido en negro, como en cualquier reportaje sobre los primeros momentos de las rebajas. La pasión por Apple se personificaba en el cliente número uno, un chavalote llamado Raül que se había plantado ante la tienda 27 horas antes de la hora H. En teoría, iba a comprarse un iPhone 4 libre, pero luego declaró que para él lo más importante era "vivir esa experiencia".

Trabajo con máquinas pensadas, diseñadas y fabricadas por Apple desde 1989. Entré en la militancia manzanera porque me hicieron ver que era lo mejor para trabajar con las parrillas de crucigrama. Me fascina la enorme influencia que ha ejercido sobre los demás, en primera instancia con la interficie gráfica de sus ordenadores Macintosh y luego con los dispositivos portátiles del siglo XXI que emanan del iPod, el iPhone o el iPad, y muy pronto con la Apple TV (o iTV). Ese es su verdadero poder: la influencia constante. Seguro que voy a acercarme a la tienda Apple de La Maquinista, centro comercial al que pronto conoceremos como La MacInista, me alegra mucho que hayan abierto su primera tienda en Barcelona y valoro que la rotulen en catalán. Pero no puedo dejar de pensar en las 27 horas que Raül se pasó ante la puerta, esperando a vivir la fascinante experiencia de entrar en una tienda, algo que todos podemos hacer en cualquier momento. No se trata ni de un concierto ni de un partido del que pueden agotarse las entradas. Es una tienda. ¿En qué banco del tiempo cotiza el suyo? ¿Qué extraño resorte Guinness le llevó a invertir un día de su vida en esa espera que, a simple vista, parece absurda? No tengo respuestas. Si Raül lee esto, que nos lo explique en una carta de los lectores, una sección que esta semana ha demostrado una contrastada capacidad para acoger todo tipo de declaraciones de amor. A mí, su prolongada espera me parece un signo de los tiempos. Vivimos rodeados de paradojas. En plena desafección política, las marcas buscan (y consiguen) crear militantes dispuestos a incluirlas en sus "experiencias" vitales. El reportaje de las colas de la tienda Apple se parecía demasiado al que, días atrás, vi sobre las colas que padecen los inmigrantes para renovar sus papeles en Tarragona. ¿En qué quedamos, estamos en la era digital o no?

Màrius Serra. La Vanguardia. Dilluns, 6 de setembre de 2010

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