In, inde, dependencia

La independencia, en cualquier ámbito de la vida individual o colectiva, sólo puede valorarse si la comparamos con la dependencia. Independencia es palabra derivada. Dependencia remite a subordinación (nótese la curiosa coincidencia de las dos últimas sílabas). Esa comparación estará presente en el largo debate que nos espera en las próximas diez (¡diez!) semanas de campaña electoral, porque en política cada vez cuentan más los marcos referenciales desde los que se emite el discurso. Y nadie con dos dedos de frente puede negar que los marcos referenciales de los discursos catalán y español se han distanciado. Veremos qué lenguaje primará en el Parlament cuando, en plenas fechas navideñas, se constituya el nuevo Govern. Pero la dialéctica entre la dependencia y la independencia no se limita a los colorines del mapamundi. En estos últimos años hemos asistido al nacimiento de la ley de la Dependencia, anunciada a bombo y platillo por las administraciones de Madrid y Barcelona. Tras el ruido, pronto se vio que las nueces escaseaban, pero eso no obstó para que la sociedad la saludara como un avance para nuestros congéneres más dependientes y quienes conviven con ellos. En su momento, los hogares catalanes se llenaron de profesionales que peritaban el grado de dependencia de discapacitados, enfermos y ancianos. Mi hijo Lluís, cuyo estado de dependencia era absoluto, pasó esa ITV con un éxito notable, aunque no alcanzó el grado máximo porque ya se alimentaba a través de una sonda gástrica (con máquina dosificadora automática) y el peritaje oficial estableció que no hacía falta ayudarle (ergo, comía solo). A pesar de ello, fuimos afortunados y los trámites se demoraron lo justo, tras lo cual cobramos la ayuda mensual con efecto retroactivo y así seguimos hasta su muerte (e incluso más allá). Otros dependientes no tuvieron tanta suerte y murieron antes de cobrar la primera paga. No seré yo quien critique la ley de la Dependencia, pero el marco referencial creado por su aplicación contiene cuestiones discutibles. Una de ellas es este efecto perverso de ITV al revés, como si papá Estado premiase al vehículo más escacharrado con una bolsa mayor de dinero, en vez de brindarle un garaje amplio con los mejores servicios.

Pero esa no es la única vía. Este sábado en Igualada se celebró la jornada de puertas abiertas para presentar a padres, usuarios y ciudadanos en general el nuevo edificio de la Fundació Privada Auria dedicada a los discapacitados. La FAP, con décadas de experiencia en el ámbito del Anoia y más allá, define su actividad como "serveis de suport a la persona". Con estas nuevas instalaciones el Departament de Benestar Social de la Generalitat, de cuya gestión pende la ley de la Dependencia, demuestra que papá Estado también puede ser independentista en el ámbito de la discapacidad. Porque, lejos de abundar en el efecto ITV, apuesta por ofrecer los variadísimos servicios que requieren los usuarios, para que dejen de ser objeto de subasta subvencionadora y sean meras personas con necesidades especiales. Y todo ello a través de los profesionales de la FAP. El edificio, alzado en un año, tiene seis plantas conectadas mediante rampas de colores vivos y reproduce la imagen de un bosque, desde sus geotérmicas raíces a la hortícola azotea. Incluye residencias tuteladas, atención especializada, terapia ocupacional, prelaboral e inserción, con personal médico, social y cultural. Es un templo de la diversidad y demuestra una apuesta clara por la independencia de los dependientes. Para tomar ejemplo.


Màrius Serra. La Vanguardia. Dimarts, 21 de setembre de 2010

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