diumenge, 5 de setembre de 2010

Mendicidad agresiva

La temporada empieza en Francia con aportaciones conceptuales de gran calado. El ministro de Inmigración acaba de lanzar al estrellato dialéctico un novísimo motivo de expulsión: la "mendicidad agresiva". Ahora la mendicité agressive (Éric Besson dixit) está siendo definida por tirios y troyanos, tertulianos todos. Los contrarios imaginan, sarcásticos, situaciones en las que un mendigo puede ser considerado agresivo por un rico. Los favorables, a la defensiva, exponen casos reales en los que el pedigüeño (y foráneo) pone demasiado empeño en el acto de pedir, hasta el punto que su empuje deviene empellón. ¿Es mendicidad agresiva la de los acordeonistas de metro? ¿Lo es la del malabarista de semáforo? ¿Y qué me dicen de los limpiadores de parabrisas? Sus métodos suelen ser más expeditivos que los de un vendedor de seguros. ¿Quién y cómo establecerá el grado de agresividad de los mendigos? Un ejemplo antónimo de mendicité agressive lo protagonizó el pobre mendigo (pobre en el sentido económico del término) que recibió, en Hamburgo, la limosna de Manolo Lama en un reportaje que emitió Cuatro en su noticiario el pasado 12 de mayo, durante la final de la Europa League. Si recuerdan la mirada estupefacta de aquel mendigo ante el empuje de Lama ya sabrán a qué me refiero. Lama pecó, ahí, de "munificencia agresiva", lo que no le suposo motivo de expulsión (ni del país ni del canal), aunque le obligó a excusarse.

El gobierno Sarkoszy dice preocuparse más por la agresividad que por la mendicidad. Infiero que un mendigo no agresivo en ningún caso será expulsado, con lo que esos profesionales de la limosna que fían su éxito económico a la sedación de niños, lisiados o incluso animales pueden respirar tranquilos. En cambio, algunos venedores ambulantes lo van tener crudo. ¿Qué pasaría en Francia con esa chica guerrera que me ofrece una Cuenta Naranja de ING Direct en el centro comercial Glòries? ¿Qué hubiera sido de aquel vendedor de enciclopedias Espasa que siempre me abordaba bajo una escalera mecánica en la antigua terminal del aeropuerto de Barcelona? ¿Qué sería de las profesionales del telemarketing que me llaman cada dos por tres? La agresividad es perniciosa y debería ser motivo de expulsión inmediata en todos los ámbitos, exceptuando, tal vez, los partidos del Barça. Pero no veo que eso sea así. Llevo media vida esquivando a pesados que me intentan colar mensajes, ideas, enseres y todo tipo de motos con una agresividad que ríete tú de un limpiaparabrisas.

Anteayer, en la línea 5 de metro, asistí perplejo a un caso que no sé si Besson tildaría de "mendicidad agresiva". Dos chicas rubias y bien plantadas con una visible placa de identificación en la que destacaba la palabra JESUCRISTO se sentaron a ambos lados de una mujer con aspecto andino que resolvía crucigramas. Eso era en Diagonal. En Verdaguer la rubia 1, que llevaba unos papelitos en la mano, abordó en inglés a la andina: Do you like crosswords? Como vio que no la entendía, se lo tradujo a un castellano no muy católico (diría que eran mormonas). La crucigramista asintió con timidez (¿cómo iba a negarlo?) y entonces la rubia 1, con apostillas de la rubia 2, le pegó un rollo de aúpa (que duraría hasta Sagrera) sobre la importancia de aprender inglés y le invitó, papelito mediante, a unas reuniones de acólitos en las que, de un modo gratuito, le informarían sobre la lengua inglesa y otras muchas cosas. La crucigramista interrumpida, abrumada, bajó en Maragall, diría que para zafarse de las dos rubias que la acosaban con su dulce agresividad.


Màrius Serra. La Vanguardia, dijous 2 de setembre de 2010.

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