dijous, 30 de setembre de 2010

Un traductor amarillo

Hoy se celebra el Día Internacional de la Traducción. A mi los días que me gustan son los días de cada día, que es una denominación mucho mejor que la de días laborables, pero en este mundo de cuotas quien no tiene día no cuenta. Y, la verdad, la traducción es una de las actividades más nobles y necesarias que conozco. ¿Qué sabríamos del mundo sin el callado trabajo de los traductores? Todos podemos aspirar al poliglotismo, el primer superpoder que le pediría a una lámpara habitada, pero las limitaciones de nuestro genio son tan evidentes que sin la mediación de los traductores jamás hubiéramos sido capaces de leer, al menos en mi caso, a Dostoyevski, Kafka u Oe. Intermediar entre textos significa intermediar entre grupos de personas, y eso es mucho más difícil de lo que parece. Lo digo con conocimiento de causa, porque he traducido (de tres lenguas al catalán, sobre todo del inglés) y me han traducido (del catalán a cinco lenguas, sobre todo al italiano). En plena era digital, la traducción sigue siendo una actividad cultural de primera magnitud. Los impresionantes avances en el campo de la traducción automática podrían propagar la falsa idea de que nos hallamos ante un intermediario prescindible. Nada más lejos de la realidad. ¿Acaso los innegables avances en la fotografía digital nos llevan a prever un mundo sin fotógrafos? El traductor es tan intermediario como el escritor. Sucede que, cuando escribimos sin partir de un texto previo, filtramos códigos diversos y nos abocamos al vértigo de la invención. En cambio, cuando traducimos no inventamos ni cambiamos de código. Leemos y releemos hasta interpretar lo releído e intentamos reinterpretarlo fielmente en la lengua de llegada.

A iniciativa de la sección de traducción de la AELC (Associació d'Escriptors en Llengua Catalana) hoy un puñado de traductores leen fragmentos de sus traducciones en librerías, bibliotecas y centros culturales de ese sujeto tripartito (en el sentido de dividido más que formado) que llamamos Països Catalans. En la Llibreria Ulyssos de Girona, por ejemplo, Teresa Artigas y Anna Casassas abren fuego a las diez de la mañana. A la una el Arts Santa Mònica de Barcelona acoge lecturas de Vicenç Altaió, Feliu Formosa, Montserrat Gallart, Cinta Massip y Víctor Obiols. A las tres, Ramon Farrés, Joaquim Sala-Sanahuja y Joan Sellent leen en la Aliança Francesa de Sabadell, y a partir de las seis se hacen lecturas en Barcelona, El Vendrell, Mataró, Portbou, Reus, Sant Feliu de Codines, València, Castelló, Palma de Mallorca y Santa Margalida. La idea es dar visibilidad a un colectivo más oculto que los mineros. Y, en concreto, hacer visible el nombre del traductor en tres ámbitos comunicativos: a) publicándolo en la portada del libro, b) citándolo en los anuncios en prensa, internet o catálogo y c) mencionándolo en los actos promocionales del libro, como ruedas de prensa, entrevistas al autor o lecturas de fragmentos. Tales peticiones de reconocimiento son razonables, pero por si algún lector piensa que los trujamanes exageran al denunciar la poca consideración profesional que se da a la traducción, bastará divulgar un ejemplo de anteayer. El martes se lanzó la última novela del superventas galés Ken Follett: La caída de los gigantes (Plaza y Janés). Pues bien, la traducción catalana La caiguda dels gegants (La Rosa dels Vents) ya ha tenido que ser retirada porque faltan los dos últimos capítulos. ¿Qué aduce la editorial? Pues que, dada la extensión de la novela, repartieron la tarea entre diversos traductores y se les debió extraviar un pliego.


Màrius Serra. La Vanguardia. Dijous, 30 de setembre de 2010

Cap comentari:

Publica un comentari a l'entrada

Entradas populares

Compartir