El enigma de las nueve banderas

El equipo de campaña de Artur Mas practica la enigmística. Ya saben, los periodistas preguntaron al candidato convergente por qué en esta precampaña comparece ante nueve banderas catalanas, siempre nueve, y no ante ocho ni siete ni diez. El candidato pasó palabra, puso cara de póquer y luego soltó con la boca pequeña que ese era un misterio que resolvería “l’endemà de les eleccions”. Es decir, el 29 de noviembre.

Acto seguido empezaron las cábalas. No hay como insinuar que algo es un enigma para que todo el mundo desee hallar la solución. Lo digo por experiencia. Hace años que fabrico enigmas. Algunas veces, incluso sin querer. Recuerdo que, en un artículo dedicado a Montserrat Roig, me llamaron de redacción para cerciorarse que habían entendido bien la ironía que me permitía con la Preysler, a la que en el texto había rebautizado como Isabel Presley, como Elvis. En realidad, era un desliz tipográfico, pero me gustó y me inventé una teoría sobre la marcha.

La sensación es que cuando Artur Mas empezó a comparecer ante un mar cuatribarrado el número de banderas simplemente ocupaba todo el fondo de pantalla. Era una cuestión de encuadre. Sin ningún otro misterio que dar una imagen de catalanidad ilimitada. Si el realizador hubiese buscado un plano más corto, habría bastado con siete banderas de atrezzo. O cinco. Si, por contra, lo hubiese abierto más, tal vez ahora estaríamos hablando del enigma de las once banderas.

Tras esas primeras comparecencias, gag en Polònia mediante, el número de banderas empezó a interesar a los periodistas, que todo lo queremos saber. Influyó el hecho que los analistas más informados, al recordar la querencia de David Madí por los métodos electorales estadounidenses, recuperaran las imágenes de Barack Obama en un mar de banderas. En el caso de su exitosa campaña presidencial, Obama comparecía ante ocho, cuatro por banda. Y ese número, siempre el mismo, también suscitó especulaciones de todo tipo, que desembocaron en una explicación más que plausible: Obama aspiraba a ser el cuadragésimo cuarto presidente de los Estados Unidos. Y lo consiguió.

La tentación de obamear debe ser irresistible en la cocina de la mayoría de candidatos. Por eso, a la que Artur Mas ha transformado las nueve banderas en un enigma, las primeras hipótesis de solución van por ahí. En efecto, las del 28N serán las novenas elecciones catalanas tras el franquismo. Las seis primeras acabaron con Pujol como presidente, las séptimas con Maragall, las octavas con Montilla y los artífices de la campaña pretenden, lógicamente, que Mas sea presidente tras las novenas. Punto y final. ¿Se acabó el enigma? Lástima que para obamear de veras, Mas debería ser el noveno presidente de la Generalitat tras la restauración de nuestra máxima institución. Y no. Si gana las elecciones será el octavo, tras Macià, Companys, Irla, Tarradellas, Pujol, Maragall y Montilla.

De haber sido el noveno, el enigma hubiera quedado cerrado y bien cerrado. Pero esta imperfección da alas a la pulsión criptográfica universal que tantos libros ha hecho vender a Dan Brown. Las hipótesis se han sucedido por tele, bar y radio. Las hay tan simples que cuesta imaginar a un Mas presidente revelándolas al día siguiente de ganar: las palabras PRESIDENT y CATALUNYA tienen 9 letras, o 9 son las barras de nuestra bandera (4 de sangre y 5 de oro). Otros especulan sobre una acción política concreta que parta de la tradición para inscribirse en la modernidad, y recuerdan que 9 eran los condados catalanes primigenios (Pallars, Ribagorça, Urgell, Cerdanya, Barcelona, Girona, Osona, Empúries, Rosselló), de lo cual deducen que la futura Catalunya que proyecta Mas tendrá no 7 sino 9 vegueries, tal como reclaman algunos territorios. Y aún me han llegado voces que invocan al espíritu del Noucentisme, que recuerdan los 9 años transcurridos desde que, en 2001, Pujol eligió a Mas como su delfín o al anhelo soberanista de que Catalunya sea un “nou estat” en Europa.

Tanta especulación sobre un enigma siempre satisface a quien lo plantea, aunque también aumenta la presión sobre la presunta respuesta. A mayor expectativa creada, más posibilidades de fiasco al revelar la solución. Claro que esta ley sólo nos pasa factura a los enigmistas profesionales. Un candidato a la presidencia juega en otra liga. Se hartará de lanzar promesas en campaña que luego no siempre podrá cumplir. No va a arrugarse por un simple enigma de precalentamiento, que tal vez incluso caiga en el olvido ante el fragor de la batalla. De hecho, ahora mismo el equipo de David Madí debe estar recopilando hipótesis para ver qué soluciones les aportan las salidas de los aficionados a resolver enigmas. Ya me veo a Artur Mas (de ocho letras) compareciendo “l’endemà de les eleccions” ante nueve banderas gigantescas en la bella localidad de El Masnou para anunciar que la solución al enigma de las 9 banderas era...

No sé si ayer mismo, 9 de octubre, el propio Mas hubiera podido completar la frase. En todo caso, yo no tengo la solución al enigma planteado. Pero sí recuerdo, de mi época de estudiante, un artificio matemático muy popular hasta que llegaron las calculadoras. Se conoce como “la prueba del nueve” y se utiliza para verificar si una operación aritmética realizada a mano es correcta o contiene algún error. Es una operación muy sencilla basada en una propiedad del número 9: el resto de dividir un número por 9 es el mismo que el de dividir también por 9 la suma de sus cifras. El verdadero enigma de estas elecciones es la división de los escaños y Artur Mas deberá tener bien presente la prueba del 9 para comprobar si la aritmética parlamentaria que prevé es correcta o contiene algún error. Y, según como vaya la cosa, ese enigma tal vez no lo podrá tener resuelto ya “l’endemà de les eleccions”.

Màrius Serra. La Vanguardia. Política. Diumenge, 10/10/10

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