dimarts, 5 d’octubre de 2010

Febrerillo, mes loquillo

La semana pasada vivimos un nuevo episodio de confrontación pública por cuestiones de calendario. Hacía tiempo que no sucedía. Tal vez desde las legendarias disputas entre Inma y Consti, que acabaron desembocando en ese monumento a la irracionalidad laboral que suele ser la segunda semana de diciembre. Esta vez, el alcance se limita a la ciudad de Barcelona, y por eso se debatió en el último pleno municipal. Un decreto de la alcaldía establece que en 2011 el día 14 de febrero será festivo. Por lo visto, alguno de los festivos habituales cae en domingo y la segunda Pascua, que solía ser el suplente preferido, ya había sido escogido por la Generalitat. O sea, que el ayuntamiento tenía la potestad de proclamar un día de fiesta local y se ha enamorado, san Valentín mediante, del 14 de febrero. Naturalmente, la oposición ha ejercido de ídem y lo ha criticado con argumentos diversos. Por un casual, resulta que el año que viene es año de elecciones municipales. San Valentín se celebra dos días después de santa Eulàlia (patrona suplente de Barcelona) y cae en lunes. O sea, que los fastos de santa Eulàlia (entre los cuales, la concesión de los premios Ciutat de Barcelona) podrían celebrarse en un viernes previo a tres días festivos más. Eso se interpreta como una maniobra de Hereu para disponer, a tres meses de las elecciones, de un escaparate festivo. En el pleno, las espadas quedaron en alto, pero no parece que la alcaldía tenga demasiadas ganas de revocar su decisión.

Como resulta que una de las normas básicas de la política es no llamar nunca a las cosas por su nombre, el debate se fue por las ramas, sin descuidar en ningún momento los ramalazos. La elección de san Valentín (mártir que pereció en Roma bajo el reinado de Claudio II sin que se le conozca relación alguna con Barcino) condujo el tema al fascinante cuadrilátero en el que combaten parejas tan bien avenidas como Halloween-Castañada o Reyes-Papa Noel, con el señor Tió de árbitro. ¿Le interesa a nuestro gentil ayuntamiento potenciar un nuevo día de los enamorados para que compita con Sant Jordi? Interpelado por la posibilidad de haber elegido el 23 de abril, al alcalde no se le ocurrió otra cosa que apelar al sentido comercial, ergo laborable, del día del libro (y la rosa). El próximo sant Jordi cae en plenas vacaciones de Semana Santa, y concretamente en sábado santo, con lo que las razones comerciales de la decisión no son demasiado sólidas. De hecho, los libreros llevan meses a dieta de tranquimazín. Pero es que, además, las razones comerciales son las únicas responsables de la importación de esta tradición anglosajona que obliga a los enamorados a rascarse el bolsillo por san Valentín. Algunas fuentes atribuyen la idea a las extintas Galerías Preciados. O sea, que si Sant Jordi es comercial, san Valentín no le queda a la zaga. En Japón, fue la fábrica de chocolate Morozoff quien implantó la fiesta de san Valentín el 14 de febrero de 1958. Establecieron que las mujeres debían regalar chocolates a amigos, familiares y compañeros de trabajo. Y un bombón especial para el amado. Medio siglo más tarde, sigue la fiesta. ¿Quién dice que aquí no buscarán un espónsor, también?
Los valedores barceloneses de san Valentín podrían invocar, en función de su adscripción política, a Valentí Almirall, Valentino Rossi, Rodolfo Valentino o la Valentina del Capitán Tan. Pero lo cierto es que, entre la nueva semana de vacaciones escolares y este san Valentín advenedizo, el próximo mes de febrero promete ser un auténtico festival.

Màrius Serra. La Vanguardia. 5 d'octubre de 2010

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