Franco en el año 2064

Pongamos que hoy, 12 de octubre, fuera un día laborable. Llevo décadas actuando bajo esa premisa. Dejo los fastos para otras fechas y me dedico a la economía productiva. Este año voy a releer de cabo a rabo el último libro del poeta Rodolfo Franco, entre otras cosas porque me comprometí a presentárselo mañana en Barcelona. Franco se acaba de marcar un sensacional almanaque poético del año 2064, titulado Almanak. No sólo lo ha escrito. También lo ha diseñado para que sus poemas, ilustraciones y juguetes verbales rellenen la agenda del año bisiesto en el que, si en vez de Serra me apellidara Broggi, yo cumpliría 101 años. La verdad es que el ingenio verbal de Rodolfo es tan prodigioso que merecería generar legiones de franquistas del sector rodolfino que sepultaran la lacra de un epónimo detestable que se resiste a desaparecer. Ante la raza que hoy aún invocan algunos, el azar. Almanak es un grandísimo ejercicio manierista que compendia poemas ludolingüísticos de todo pelaje (palíndromos, anagramas, empotres, máximas, greguerías, retruécanos, tautogramas, monovocalismos...), en un gran despliegue de textículos. Cada doble página corresponde a una semana de 2064 y cada día nos propone una composición poética, en una prueba tangible de la potencialidad de la cronología entendida como género literario. Almanak cuenta con un total de 793 piezas verbales y 72 poemas visuales que remiten a un magma babélico, desde el catalán de Brossa hasta el portugués de Caetano Veloso, pasando por el ruso de Maiakovski, el inglés de John Donne, el castellano de Eduardo Scala, el inglés de William Blake o el japonés de Matsuo Bashoo. Las lenguas suenan y resuenan en Almanak sin atisbo de exclusión y por eso apetece hablar de un libro escrito en español por un brasileño instalado en Extremadura en un día como el de hoy, en el que muchos españoles monolingües, henchidos de fervor, ponen velas a santos patrios con la petición de no tener que oir otras lenguas a su alrededor.

La verdad es que, hasta hace poco, de Rodolfo Franco sólo conocía algunas quimeras verbales. Cuando me habló de un libro tan ambicioso como Almanak pensé que tal vez el espíritu revolucionario connatural a las erupciones de ingenio le gastaría una mala pasada. El ingeniero de caminos se dedica a trazar redes viarias, pero el ingenioso suele perderse en ellas. Pensé que Franco, al pretender relatar el año 2064, podría perderse irremisiblemente por los mismos vericuetos que dieron al traste con la reforma del calendario republicano francés, que sólo estuvo vigente entre 1792 y 1806. Pero no ha sido así. Lejos de ensimismarse con sus propios Messidor, Thermidor y Fructidor, Rodolfo nos sirve su mirada poética, ética, óptica, erótica... día a día, verso a verso. Son sus ecos los que nos subyugan. Su finísimo arte anagramático es digno de la alquimia verbal de Caramuel. Vean, sino, qué parejas de anagramas tan magníficos consigue a partir de la recombinación de las letras que componen la palabra que presenta entre interrogantes. Como verán, los anagramas de respuesta no son cuestión baladí: "¿Sindicatos? ¡Dinásticos!; ¿Monarquías? ¡Anarquismo!; ¿Democracia? ¡Comerciada!; ¿Navidad? ¡Vanidad!" No se queda atrás con otros juguetes verbales, entre los que destacan los empotres (a lo dicta/dura) que desvelan la bestia verbal que contienen algunas palabras aparentemente inocuas. Franco las destaca mediante el color. Aquí uso las mayúsculas para conseguir el mismo efecto que el original: parLAMENTO, aristócRATAS, jAULAS... ¡Viva Franco!

Màrius Serra. La Vanguardia, dimarts 12 d'octubre de 2010.

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