dilluns, 4 d’octubre de 2010

La Al·leluia de Joan Triadú

La muerte de Joan Triadú permite dar cuenta de la existencia de un hilo finísimo que aseguró la continuidad de la cultura catalana a pesar de los sucesivos hachazos que desembocaron en el golpe letal del franquismo. Como resulta que esos brutales leñadores del siglo XX siguen teniendo seguidores en el XXI, no está de más repetir que ese hilo preservado por resistentes como Triadú no sólo sigue existiendo, sino que forma parte de un tejido nuevo, en el que hoy se entrelazan otros hilos que lo refuerzan. Triadú fue un hombre de letras: maestro, lector, escritor, crítico... Tuve el privilegio de conversar largamente con él cuando, en 2004, grabamos una entrevista del programa literario Alexandria (Canal 33) en el paranimfo de la UB, con la excusa de la publicación de su enésima antología poética: 100 poesies catalanes que cal conèixer (Pòrtic, 2004). El sábado visioné la grabación. Junto al talante más conocido de Triadú, cuya divisa ante quienes le acusaban de "triar dur" fue un rotundo "exigent en poesia", hay algunos detalles que definen a este personaje central de nuestra cultura. La pasión lectora le fue inoculada por las únicas páginas impresas que entraban en su humilde hogar, las del semanario Patufet. De ahí, saltó al Massagran de Folch i Torres, hasta que una novela le cautivó: Grans esperances de Charles Dickens. Las desventuras del huérfano Phillip Pirrip, Pip, le abocaron a una lectura constante que ya jamás abandonaría. Su voracidad lectora hizo que, durante el bachillerato, sus compañeros de clase vivieran de sus precisos resúmenes de las lecturas obligatorias, en una prefiguración del "rincón del vago" internauta.

En los prolegómenos de la entrevista, Triadú recorrió el paranimfo escrutando las vetustas pinturas que decoran sus paredes hasta que dio con una que nos llevó 65 años atrás. Porque en el desapacible otoño de 1939, un joven Joan Triadú vivió en ese paranimfo uno de aquellos episodios que ilustran el talante de los leñadores. En ese mismo espacio noble que nos acogía en 2004, Triadú hizo el examen de ingreso a la universidad en septiembre de 1939 para poder cursar Filosofía y Letras. El país acababa de recibir el último hachazo y los leñadores campaban por doquier con el hacha en la mano. El que, aquel día, examinaba a la quinta de Triadú no se complicó demasiado la vida. Cuando les tuvo sentados ante la hoja en blanco señaló con displicencia las paredes del paranimfo y les formuló la pregunta única de su examen de ingreso: "Describan una de estas pinturas y explíquenla". Eso fue todo. Nadie se atrevió a levantarse del pupitre, de modo que ese primer examen de ingreso a la universidad franquista provocó no pocas tortícolis. Triadú aún recordaba cuál de esos oscuros cuadros eligió. Aplicó su imaginación de lector y, tras describir la escena, dedujo que la figura central de esa pintura era Ramon Llull. Luego desplegó sus amplios conocimientos sobre el filósofo y padre de la literatura catalana. Sin embargo, antes de entregar el examen al leñador de turno se percató de un detalle que le obligó a repetirlo entero por miedo a no ser "aprobado". La reescritura consistió en copiarlo todo sustituyendo Ramon Llull por Raimundo Lulio.

Un estilema de Alexandria consistía en terminar las entrevistas con una palabra y una lectura. Triadú, que tenía entonces 83 años, eligió el Evangelio de san Juan porque "a una certa edat cada vegada estimes més els signes definitius de la vida i de les coses". Y su palabra fue "al·leluia”, según el DIEC: “crit d'alegria per la satisfacció de veure aconseguida una cosa”.


Màrius Serra. La Vanguardia. Dilluns, 4 d'octubre de 2010

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