Promoción sumergida

Las grandes desgracias generan grandes oleadas de solidaridad. Sucede, pongamos por caso, un tsunami, un terremoto o un huracán y, durante unos días, los noticiarios de todo el mundo activan las alarmas emocionales de millones de seres humanos. El mecanismo siempre es el mismo: el espectador conoce (por tele, radio, bar o diario) los efectos de la catástrofe, proyecta su vida cotidiana a ese infierno ignoto y se le erizan todos los pelos. Acto seguido, brota de su interior un grumo de íntimo egoísmo que insistimos en denominar solidaridad y, voilà, decide ayudar a los afectados por la desgracia. Por fortuna, los mecanismos para hacerlo cada vez son más inmediatos, lo que favorece la potencia de la explosión solidaria que tanto nos llena de orgullo y satisfacción. Es un avance indudable que las ayudas gubernamentales, que de haberlas haylas aunque a menudo estén bajo sospecha, sean complementadas por las que libremente ofrece la sociedad civil. Pero eso no quiere decir que sean ejemplos de altruismo, sonoro sustantivo que el diccionario define como "diligencia en procurar el bien ajeno aun a costa del propio". La desgracia con final feliz de los mineros chilenos crea tantas turbulencias que merecería una auditoría preventiva (me niego a llamarle due diligence, que suena a peli del oeste). Por un lado, generará relatos que se comercializarán en múltiples formatos: libros, películas, documentales, series, discos, obras de teatro, videojuegos, cómics... Lo tiene todo. Un planteamiento abrupto que desemboca en un primer clímax cuando se descubre que sobreviven, un nudo larguísimo aunque uniformemente acelerado y un desenlace feliz multiorgásmico de 24 horas, con un clímax cada pocos minutos hasta llegar a 33 (13+10+10 y unas cuantas perlas numerológicas más con las que Dan Brown montaría un pollo de cuidado). ¿Qué relato puede permitirse una ficha técnica así? Pero eso no es todo. Esa orgía de felicidad global, ya ha generado toneladas de grumos solidarios de altruismo incierto en forma de regalos de todo tipo.

Uno de ellos, de lo más inocente, es la acción del escritor valenciano Raúl de la Rosa, que se define como "novelista, filósofo práctico de la mente y la conciencia, experto en geobiología y salud del hábitat". De la Rosa envió 33 ejemplares de su último libro (El ermitaño que veía películas de Hollywood) a los mineros cuando aún estaban atrapados en la mina. El lunes pasado, a dos días del gran desenlace, el departamento de prensa de su editorial (Ediciones B) divulgó la carta que De la Rosa adjuntó a su envío y la carta de respuesta del Ministerio de Cultura chileno. Para captar el estilo de tan solidario autor bastará con reproducir las primeras frases de su carta: "Queridos amigos. Permitidme que os llame amigos, ya que siento que de alguna manera nos conocemos. El amigo acude sin ser llamado, cuando cree que es necesario..." La respuesta ministerial es un ejemplo claro de corrección burocrática y añade que los 33 volúmenes recibidos esperarán a los mineros fuera de la mina, "siendo imposible el envío de los libros hasta el lugar donde se encuentran ahora". Ya me imagino la desilusión que debió tener De la Rosa cuando supo que los mineros podían recibir películas ahí abajo pero no su libro. ¿Y si lo hubiera enviado en formato electrónico? También intuyo sus nervios, ahora que ya están en casa, por conocer cuál de los 33 lo leerá primero o, en su defecto, le mandará una nota de agradecimiento para así poder hacer otra nota de prensa y sumarse a la alegría general. Puro altruismo.

Màrius Serra. La Vanguardia. Dilluns, 18 d'octubre de 2010

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