Turbante relato

La novela que este año se ha llevado el premio Prudenci Bertrana es muy especial. Se titula El secret del meu turbant (Columna) y la firman Nadia Ghulam y Agnès Rotger. Hace medio siglo Truman Capote acuñó la etiqueta de Nonfiction Novel (novela sin ficción) para referirse a su espeluznante relato del asesinato de los cuatro miembros de una familia en Holcomb, Kansas, sucedido en 1959. La novela In Cold Blood (A sangre fría, 1966) exploraba la frontera entre el reportaje periodístico y la narrativa de ficción, un ensamblaje que suscitó controversia. Capote la escribió en tercera persona, con un narrador omnisciente que todo lo sabía y todo lo contaba. Tras medio siglo de orgía perpetua entre ficción y realidad, hoy no tiene sentido abrir ninguna controversia sobre el género de El secret del meu turbant, pero sin duda la etiqueta de Capote resulta pertinente. Nadia Ghulam protagoniza la novela a través de un relato en primera persona de diversos episodios vividos en Afganistán durante su infancia y adolescencia. Hoy Nadia vive en Badalona, convertida en una afganocatalana (o catalanoafgana, pese a quien pese). Agnès Rotger es vecina suya en la ciudad de los micacos, badius y tornemhis. Su formación de periodista y su experiencia en el mundo editorial debieron llevarla a convencerse que en la historia de Nadia había una novela. Juntas han logrado construir una voz narrativa convincente que nos permite vivir los avatares de Nadia desde la intimidad de su mirada.

Porque los episodios vividos por Nadia encajan en el sentido que la mayoría de ustedes adjudicarían al adjetivo novelesco. A los ocho años, Nadia sufre el impacto de un bombazo en su casa de Kabul. Afganistán está en guerra perpetua y las condiciones de vida son muy precarias. Cuando, dos años más tarde, Nadia sale del hospital, a la precariedad ambiental cabe añadir la irrupción del régimen talibán, con sus tremendas restricciones y su ferocidad indisimulada contra las mujeres, condenadas a vivir a la sombra del burca. Nadia se rebela ante esta perspectiva, de modo que se traviste de chico y se pasa diez años ejerciendo como tal para poder trabajar y sacar adelante a su familia. La novela relata su aventura hasta que Nadia abandona su país para venir a Europa, dejando el turbante atrás, y recuperando así su identidad. El tándem entre Nadia Ghulam y Agnès Rotger funciona. Su trabajo conjunto conjura los peligros de la mixtificación épica que podía tener la historia. La narración avanza a través de episodios breves, con detalles muy bien elegidos, que consiguen ensamblar las emociones de la protagonista con las que percibimos los lectores. Acompañamos a Nadia en todo su periplo. Nos ceñimos el turbante y notamos sus pechos oprimidos para no revelar su redondez. La primera vez que alguien le pregunta su nombre nos descubrimos pronunciando el de su hermano, muerto en la guerra, cinco líneas antes de que ella llegue a esa misma conclusión: ¡Zelmai! Cuando Nadia recibe las cintas de su idolatrado Ahmad Zahir y empieza a tener un espacio de libertad más allá de su secreto, corremos a Spotify y bendecimos la era digital para escuchar, con ella, canciones del cantante afgano. Acompañamos a Nadia en todas sus pequeñas victorias cotidianas y nos conmovemos por el precio que paga por ellas. Sabemos desde dónde nos cuenta su historia, y qué feliz desenlace implica su punto de vista, pero igualmente nos encogemos bajo su turbante como quien toma aire antes de abrocharse el cinturón, en una modalidad exacerbada de la clandestinidad.


Màrius Serra. La Vanguardia. Dimarts, 30 de novembre de 2010

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