Casting creativo

A pesar de los juegos de palabras habituales, casting no debería remitir a castigo sino a premio. Este anglicismo ha penetrado en las lenguas románicas a través del cine. Cualquier producción exige hoy un responsable de casting, un gerundio con proyección analógica a otros ámbitos, como el político. Sin ir más lejos, la confección de un gobierno es un casting al máximo nivel. En estos primeros cien minutos de Artur Mas como presidente, la decisión de casting más comentada es la de Ferran Mascarell. Nadie discute su capacidad para ejercer el cargo, lo cual es una saludable novedad, pero se suceden las opiniones diversas sobre su nombramiento. La tropa más militante de cada bando ya ha disparado con balas de rencor, apelando a la traición, como si la lealtad fuese el valor más cotizado en la clase política. Pero todos los cañones que hoy apuntan a la puerta de la Conselleria de Cultura, a la espera de una presunta mascarellada, están cargados de impotencia. El exexconseller de Cultura tendrá mascarellófobos en el PSC y en CiU, pero también tiene muchos mascarellófilos entre quienes serán sus interlocutores en el sector. Y su experiencia aporta valor a la película que ayer empezó a rodarse en la Generalitat, con un casting basado en la osadía.

Sin duda, estamos ante una de las operaciones políticas más interesantes de las últimas décadas. Sin parangón. Tal vez se podría establecer algún paralelismo con la transversalidad que ensayó el conseller Rigol en su efímero consejo (los rigolettos) durante el pujolismo o con el salto (fugaz por cuestiones de salud) que dio el destacado líder convergente Pere Esteve hacia ERC, cuando aceptó ejercer de conseller en el primer gobierno de Maragall. La presencia de Mascarell en este primer gabinete de Mas puede remitir a la del actor Derek Jacobi en una película recientemente estrenada: El discurso del rey, de Tom Hooper. Una de esas películas británicas capaces de montar una historia creíble en un lienzo histórico muy conocido sin caer en el acartonamiento didáctico. En este caso se trata de un drama protagonizado por el (futuro) rey Jorge VI de Inglaterra, afectado desde niño por un angustioso tartamudeo que le paraliza, sobre todo cuando su hermano (Eduardo VII) abdica para poder casarse con una divorciada norteamericana y él se ve en el brete de reinar en tiempos de guerra. La película apuesta por la contraposición del gran conflicto europeo y la lucha personal del rey para dominar su tartamudez, ayudado por un exótico logopeda australiano. Brilla de un modo especial el trabajo de Nina Gold, responsable del casting. Y no sólo por la acertada elección de los actores que encarnan a figuras tan relevantes como el rey Jorge V (Michael Gambon), o Winston Churchill (Timothy Spall), sino por la de Derek Jacobi como arzobispo de Canterbury. Jacobi borda su secundario papel pero lo significativo es que su mera presencia proyecta al imaginario del espectador la recordada tartamudez del emperador Claudio tal como lo encarnó Jakobi con éxito planetario en la serie de la BBC Yo, Claudio.

La responsable del casting de El discurso del rey, Nina Gold, aporta valor al relato de la película remitiendo a un relato ajeno. Artur Mas ha hecho lo mismo con Mascarell. ¿Qué va a ser ahora de los furibundos antipujolistas procedentes de Bandera Roja que retrataba en 2005 Francesc Marc Álvaro en su excelente libro Els assassins de Franco? Lo quieran o no, tendrán que revisar su discurso. Lo más interesante del caso es que Mascarell era uno de ellos.

Màrius Serra. La Vanguardia. Dijous, 30 de desembre de 2010

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