divendres, 17 de desembre de 2010

Con ánimo de lucro

Escribo esta columna con ánimo de lucro porque pienso facturarla a La Vanguardia Ediciones SL, tal como vengo haciendo desde hace dos décadas. La escribo tras haber desayunado un bocadillo de jamón, un vichy y un cortado que mi amigo Alex del bar La Vitamínica d'Horta me ha cobrado con el mismo ánimo de lucro que le conozco desde hace, también, veinte años. Luego, antes de sentarme a escribirla, he pasado por la mesa de Manel Fuentes en El matí de Catalunya Ràdio, como cada miércoles esta temporada, y he recomendado tres libros en mi sección Lecturàlia. Esta vez, Sunset Park de Paul Auster, Apláudete a tí mismo de Monia Presta y el tercer volumen de Geografia literària de Llorenç Soldevila. Por diversas circunstancias acerca de la propiedad intelectual que ahora mismo sería prolijo enumerar, sospecho que tanto Auster como Presta como Soldevila han escrito sus dispares obras con un cierto ánimo de lucro (del orden del 10% sobre el PVP), por no hablar del inequívoco afán lucrativo que detecto tras la frenética actividad de sus prestigiosos editores: Edicions 62 y Anagrama, en el caso de Auster, Luciérnaga para Presta y Pòrtic para Soldevila. Al sentarme ante mi Macintosh para teclear estas líneas siento un recuerdo emocionado por el certero ánimo de lucro de Steve Jobs y me doy cuenta de la omnipresencia del dios Lucro. Reviso mi día a día y descubro horrorizado que, a mi alrededor, todo el mundo actúa con ánimo de lucro. Mi amigo Josep Sánchez, el mismo carpintero que le hace las estanterías al gran Robert Saladrigas, me acaba de ampliar la biblioteca con unas estantes colgados que me permiten forrar de libros la única pared del despacho que quedaba libre de ellos. Y mira si lo ha hecho con ánimo de lucro, el muy pícaro de Josep, que incluso me lo ha cobrado. Es más, ni yo mismo me salvo de ello, puesto que si ahora mismo avanzo en la redacción de este runrún es, también, por cumplir con el compromiso adquirido de publicar tres cada semana por un estipendio determinado.

Y, en cambio, resulta que mi amado Futbol Club Barcelona, del que me honra ser el socio número 25.887, acaba de firmar un contrato multimillonario con una entidad denominada Qatar Foundation, a la que declaran sin ánimo de lucro. Eso, como sabrán, ha desencadenado diversos debates simultáneos. Sobre manchas y quitamanchas en la camiseta del Barça, sobre derechos humanos en Qatar y sobre las actividades de esta turbia Qatar Foundation que pretenden hacer convivir con Unicef entre pecho y espalda del mejor Barça de la historia. El campo semántico asociado a esta fundación es tremendo. Las ideas que difunde sobre la homosexualidad, la religión, el antisemitismo o el terrorismo islamista son intolerables. No hace falta acudir a Wikileaks para darse cuenta de que, como mínimo, son tan perseguibles judicialmente como las ideas neonazis que han llevado a la cárcel a Pedro Varela, propietario de la Librería Europa, acusado de ejercer la apología del genocidio. ¿Por qué una Fundación? ¿Por qué esa coletilla absurda de sin ánimo de lucro? Las fundaciones sin ánimo de lucro real cobran, no pagan. Si se trata de recaudar fondos con la camiseta del Barça dejémonos de sermones. Superada la aprensión inicial a la "mancha" (¿o es que los jugadores de básquet azulgranas visten camisetas inmaculadas, sin Regal alguno?), que esta sea de Coca-cola o de otras marcas con un ánimo de lucro tan legítimo como el que tienen los jugadores del primer equipo (y del filial). Y sus entrenadores.


Màrius Serra. La Vanguardia. Dijous, 16 de desembre de 2010

Cap comentari:

Publica un comentari a l'entrada

Entradas populares

Compartir