dijous, 9 de desembre de 2010

El doctor Folch i Torres

Quien más quien menos o ha estado ingresado o ha tenido a alguien en un hospital. El tiempo se reblandece, la luz se emblanquece y el humor languidece entre camas metálicas, medicaciones coloreadas, agujas, vendajes, vías y pijamas con anagrama. El ambiente hospitalario, a su pesar, suspende las maravillas de lo cotidiano y nos sumerge en un estado de excepción de consistencia muy espesa. De repente, parece que todo lo que nos sucede pueda adoptar la inquietante naturaleza de los sucesos. La fatalidad nos invade y las emociones se arrebujan a altas temperaturas en nuestro motor diesel, a la espera de la temida compresión. Cuando el ingresado es un niño el sismógrafo de las emociones marca extremos más alejados aún, porque la deliciosa inconsciencia del paciente permite que el péndulo pase del llanto a la risa en un pispás. Hubo un tiempo en el que, los de casa, pasamos semanas enteras en estos ambientes. Recuerdo haber vivido con gran intensidad un Carnaval en la planta de neonatos del Hospital Materno-Infantil Vall d’Hebron junto a nuestro hijo Llullu. Una intensidad directamente proporcional al entusiasmo de un equipo de enfermeras que empezó con cuatro pelucas de colores y acabó arrastrándonos a todos a un fiestón colosal, liderado por los hermanos mayores de los pacientes, que acabaron más pintarrajeados que Toro Sentado. En otras ocasiones, las salas de espera de las consultas externas y las plantas de ingresados infantiles recibían la visita de payasos que llenaban de risa las horas muertas hasta dejarlos muertos de ídem. Los niños también quedaban boquiabiertos con los trucos del Màgic Andreu y su hija Joana, que desde hace años visitan semanalmente Vall d’Hebron con sus huestes de Somriures sense fronteres. Y me consta que alguna vez se había acercado al hospital algún futbolista del Barça o del Espanyol, aunque ese día Llullu debió hacer novillos (lo que en su caso significaba lo opuesto a lo habitual: ir felizmente a su escuela especial).

Yo creía, pues, que las hospitalarias paredes entre las que pasamos tantas semanas con nuestro hijo ya lo habían visto todo. Y no. Este domingo en el Hospital Materno-Infantil Vall d’Hebron sucederá algo inédito, insólito e incluso inaudito: Josep Maria Folch i Torres, que ni fue doctor ni tuvo una fundación solidaria como el Màgic Andreu pero continúa siendo el autor más representado cada diciembre, se personará hecho cuadro escénico. Lo hará gracias al entusiasmo pastoril de una entidad hortense a la que Llullu perteneció: el Foment Hortenc. Gracias al centenar largo de actores vocacionales dirigidos por Armand Calafell que, a partir de este sábado 11 (y hasta Sant Esteve), representan los Pastorets de Folch i Torres en el teatro del Foment Hortenc en la calle Alt de Mariner, como cada año. Pero esta vez un nutrido grupo del elenco se desplazará al hospital este domingo 12 y, a partir de las 10 de la mañana, representarán cuadros de esa lucha entre el bien y el mal que protagonizan Lluquet y Rovelló en una tarima instalada en el vestíbulo donde más de un padre con el hijo en la Uci habrá pasado la noche. A su vez, dos comandos debidamente ataviados dejarán el grupo principal para visitar las habitaciones de las plantas 3, 5 y 8 (recuerdos a las enfermeras de la 8, no sé si quedará alguna de las novias de Llullu), repartiendo libros y cómics entre los pacientes. Confío que ninguno se asuste con los dimonis, que son lo mejor de Folch i Torres. Llullu nunca se dejó intimidar por las Fúries de l’infern. A él le asustaban más los ángeles.


Màrius Serra. La Vanguardia. Dijous, 9 de desembre de 2010

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