dimarts, 28 de desembre de 2010

Los peligros del amor

De vez en cuando un novelista se enamora de un personaje real. Le cuentan algo novelesco sobre alguien, inquiere un poco y empieza a leer lo que se ha escrito sobre dicho personaje. Al principio, con una cierta indolencia, por curiosidad. Poco a poco más obsesivamente, hasta llegar a querer saberlo todo (todo, to-do) del personaje en cuestión. El proceso puede llegar a tener una intensidad hormonal equivalente a la suma de hormonas desatadas por un grupo de adolescentes en primavera, un crucero para singles en verano, un congreso de profesionales en otoño y una cena de empresa en Navidad. Sólo que aquí, el objetivo final no es acabar acostándose con el enamorado, sino escribir una novela protagonizada por él. Esta pulsión es la que ha generado la última novela de Mario Vargas Llosa, llegada a las librerías cuando su autor acaba de ser galardonado con el premio Nobel. Vargas Llosa se enamoró del irlandés Roger Casement. Las 451 páginas de El sueño del celta (Alfaguara) son la contundente prueba de ese amor. Casement fue un diplomático británico que militó de un modo muy activo en la causa del nacionalismo irlandés, hasta el punto que acabó sus días ahorcado por traición, sabotaje y espionaje contra la Corona británica, a pesar de las peticiones de clemencia que firmaron gente tan notable como Conan Doyle, Yeats o Bernard Shaw. Puede que a algún lector le sorprenda el interés de Vargas Llosa por un paladín del nacionalismo tras oir sus opiniones sobre la materia en el discurso de aceptación del Nobel. La explicación radica en un par de palabras de morfología similar: paja y viga. Asócienlas a un ojo hispano y a otro ajeno. Eso explica que Casement le parezca un patriota. Pero hay más motivos para el amor. Casement también pasó a la historia por sus detallados informes sobre las salvajadas del hombre blanco en África y Sudamérica. En el Congo coincidió con Stanley y con un Conrad que todavía no había escrito El corazón de las tinieblas, fundó el primer puesto consular británico y, tras años de experiencia, dio a conocer un escandaloso informe sobre los maltratos que recibían los congoleños por parte de los súbditos del rey de Bélgica. Antes de su trágica ruptura con la Corona, Casement recibió diversas distinciones del gobierno británico (incluso fue nombrado Caballero) y fue enviado a Sudamérica para investigar las denuncias recibidas por la compañía cauchera Peruvian Rubber Company, de capital británico y gestión peruana. Su diario sobre las atrocidades cometidas en la región del Putumayo fue publicado póstumamente. También escribió un diario íntimo en el que relataba todo tipo de experiencias sexuales.

El sueño del celta es, pues, producto del amor de un novelista que se documenta hasta la saciedad. Un amor en 3D que le lleva a reseguir los pasos de su andariego personaje, hasta el punto que Alfaguara también ha editado un cuaderno titulado Diario de viaje que recoge el "recorrido de Mario Vargas Llosa por el Congo e Irlanda tras las huellas de Roger Casement", con fotos turísticas del Nobel (tomando notas), diversas notas manuscritas, fragmentos de la novela y, al final, el discurso de Casement desde el banquillo. Todo en 3D, de documentación, documentación y documentación. Tal vez por eso El sueño del celta no es una de las mejores novelas de Vargas Llosa. El prurito de colocar los ítems de la ingente información recabada lastran el relato. La novela se ve ensombrecida por el reportaje y el enamorado es incapaz de componer un buen poema de amor.


Màrius Serra. La Vanguardia. Dilluns, 27 de desembre de 2010

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