Cortázar filtrado

A finales del siglo pasado, la proliferación de los teléfonos móviles dio pie a felicitar la llegada del nuevo año al instante, con un mensaje sms más o menos ingenioso. Confieso haberlo practicado, año tras año, aún desde otros husos horarios. Hasta que me cansé de darle negocio a Movistar, antes Telefónica, como veo que se han cansado la mayoría de mis contactos. Este fin de año sólo he recibido tres o cuatro sms (el mejor: "que l'any onze sigui tan bo com l'onze de Guardiola") mientras que antes los contaba por decenas. Y no es que de repente me haya quedado sin amigos, conocidos o saludados, sino que la mayoría de mensajes de este tipo los he recibido por e-mail, facebook o twitter. Es decir, por canales gratuitos. El descenso de los mensajes de feliz-año-nuevo por móvil coincide con el de las felicitaciones navideñas en papel. El proceso de sustitución es radical. La red (o sus redes sociales) asume mucha información que antes circulaba por otros canales. Una cantidad cada vez más ingente de documentos se conserva en las nubes del cloud computing, de modo que los documentalistas del futuro deberán especializarse en el análisis de nubarrones de todo tipo. Puede que sin esos intermediarios la información, a pesar de ser teóricamente accesible, nos resulte opaca. Algo de eso ha sucedido ya con las ingentes filtraciones de Wikileaks, cuya tupidez documental ha suscitado la intermediación diaria de los medios de comunicación, a pesar de tratarse de meros informes. Es decir, de textos escritos con una voluntad informativa, en un registro formal y con un estilo diáfano. Nada que ver con los mensajes que intercambia un grupo de amigos a través de las redes sociales, que son fragmentarios, cargados de sobreentendidos y con nula voluntad informativa.

Los cambios tan abruptos que experimentan nuestros intercambios de mensajes se hacen mucho más patentes cuando leemos un epistolario. Y no hace falta que sea muy antiguo. Basta con que cubra un período anterior a la era digital. Estos días he leído con gran placer las Cartas a los Jonquières de Julio Cortázar (Alfaguara), quinientas páginas de la correspondencia enviada por Cortázar a su amigo Eduardo Jonquières (y familia) de 1950 a 1983. Carles Álvarez Garriga documenta las 126 cartas y 13 postales gracias a la longeva Aurora Bernárdez (1920), primera esposa de Cortázar y su albacea literaria, con la que ya había editado los sabrosos Papeles inesperados (2009). Álvarez glosa en el prólogo la figura del poeta y pintor Eduardo Jonquières, destinatario de las cartas y postales reproducidas, y sitúa con precisión esta modalidad epistolar de biografía. Lo más destacado es la primera oleada de cartas (1951-55), que ilumina una época desconocida, cuando el futuro cronopio acaba de llegar a París y lo requetexplora. Cortázar le cuenta a su amigo cómo callejea, lee, pedalea, ve exposiciones, relee, va al cine o al teatro, lee más aún y opina sobre todo. Por ejemplo, que "los primitivos catalanes son extraordinarios, pero el gran pintor, el unicornio desatado es Ferrer Bassa. Este tipo es tan grande como cualquiera de los italianos de ese tiempo" (siglo XIV). Asistir a un Cortázar en construcción es una gozada. Su mirada curiosa todo lo explora y su intelecto todo lo procesa. A los cuatro meses de haber llegado, a raíz de una idea de Wilde, escribe a Jonquières algo que deberíamos tener en cuenta todos los columnistas: "Todo el mundo tiene allí su opinión sobre las cosas, pero coincidirás conmigo en que basta opinar sobre una cosa para, en el mismo acto, dejar de verla".


Màrius Serra. La Vanguardia. Dimarts, 4 de gener de 2011

Comentaris

Entrades populars d'aquest blog

Exèquies laiques: el capdevilisme

¿Qué es una nación?

Barthes, el símptoma