El ojo de Van Rijn

Un Cristo del siglo XVIII ha suscitado una de esas noticias bondadosas que algunos querrían ver publicadas cada día en lugar de las desgracias y maldades habituales. Se trata de una pintura que Boy George tenía en su casa hasta que una televisión holandesa emitió un reportaje sobre el ex líder de Culture Club. He aquí la película de los hechos. 1974: el icono desaparece en Chipre durante la invasión turca, como tantas otras piezas de arte religioso. 1985: Boy George compra la obra en Londres sin sospechar, ejem, que es mercancía robada. El relato llega ahora al desenlace en siete actos encadenados de un modo trepidante (e incluso trepidantesco): 1) una cadena holandesa  emite el reportaje; 2) el comerciante y coleccionista de arte Michel van Rijn reconoce la pintura al verla por la tele; 3) contacta con el obispo Porfyrios de Neápolis, representante de la Iglesia chipriota ante la Unión Europa; 4) el obispo contacta con el músico; 5) Boy George accede a devolver el icono para que se exponga en el templo  del que fue sustraido; 6) la Iglesia chipriota, agradecida, decide regalarle un icono moderno al cantante; 7) el obispo Porfyrios y Boy George posan ante la prensa en una iglesia londinense con los dos iconos (el antiguo y el moderno). Fin. Bonito, ¿no les parece? La típica historia altruista que nos reconcilia con la humanidad. Además, el experto que reconoció el icono declara no querer recibir ninguna compensación por su buen ojo. Más aún, asegura hacerlo por amor al arte, y concretamente al arte sacro. "Otros hacen crucigramas", declara van Rijn en el diario flamenco De Volkskrant, "yo me entretengo siguiendo la pista a obras de arte robadas". Reconozco que eso de  los crucigramas me predispone contra él, pero igualmente las historias sin villanos, en las que todo el mundo es bueno, siempre me hacen sospechar que alguien está mintiendo.


Estamos ante un caso de expiación, porque a Boy George le conviene dar buena imagen. Sobre todo tras ser condenado a pasar quince meses entre rejas por haber mantenido preso y esposado en la misma casa donde tenía la pintura robada a un puto noruego (disculpen la grosería, pero llamarle prostituto tampoco suena bien y a eso se dedicaba el escandinavo retenido). Y la expiación no sólo alcanza al músico. También el coleccionista de arte al que no le gustan los crucigramas andaba necesitado de una limpieza de imagen. Con todos los respetos por Boy George y un saludo al obispo Porfyrios, la figura realmente interesante de esta historia es Michel van Rijn, el avispado comerciante que se nos presenta como un altruista amante del arte sacro que ese día miraba la tele por casualidad. Un mínimo rastreo por la red nos permite descubrir que las cárceles tampoco le son ajenas. De hecho, hace seis años fue detenido en Suiza por presunto chantaje. Y antes protagonizó un documental de Ben Anthony en el que contaba sus aventuras y desventuras en el mercado del arte, en el que entró de veinteañero dedicándose a la lucrativa "exportación" de iconos y arte religioso desde la antigua Unión Soviética, siguió con todo tipo de operaciones dudosas y evolucionó en la madurez con su conversión a informador de la policía para casos de robos de obras de arte. El figura este de van Rijn ha llegado a vener un autorretrato de Rembrandt (van Rijn) luciendo apellido y alegando ser descendiente directo del pintor, que nunca tuvo hijos. Por eso, ya me perdonarán si no puedo evitar un sonoro batir de mandíbulas ante la fotonoticia de Boy George blanqueando su imagen junto a una ídem.

Màrius Serra. La Vanguardia. Dilluns, 24 de gener de 2011.

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