Hitchcock: la precuela

¡No sabe nada Víctor Amela a la hora de titular! El sábado, en la contra dedicada al pastor aranés René Gasia, pilló la última réplica del entrevistado y la lanzó al estrellato de los titulares: "Algo raro está pasando con los pájaros, han desaparecido". Tras hablar de su vida, el intrépido nonagenario Gasia acababa quejándose de la ausencia de audets (pájaros en aranés) y aseguraba que nunca antes había vivido esta época del año sin bandadas de aves sobrevolando su amado Aran. "Algo está pasando en el medio ambiente: ¡dígalo en Barcelona!". Y Amela, de innegable olfato periodístico perfeccionado a base de ficciones vistas y leídas, le hizo caso. Si existieran índices de audiencia para páginas impresas en papel, la Contra del sábado encabezaría el ranking. Porque, como sabrán, en estos primeros días de 2011 los pájaros son noticia destacada. El ornitocidio (descarto llamarle avecidio por respeto al túnel de la Sagrada Familia, aunque reconozco que me tienta denominarlo pajaricidio) empezó en Arkansas. Cinco mil tordos (otras fuentes añaden estorninos y cuervos) aparecieron muertos en el municipio de Beebe tras los fuegos artificiales de la primera noche del año. No hacía falta ser forense para apreciar que se pegaron unos castañazos de aúpa. Luego aparecieron otros quinientos cadáveres alados en Pointe Coupée, Louisiana. Sin tiempo para relacionar una y otra mortandad, el día de la noche de Reyes apareció otro medio centenar de pájaros atropellados en una carretera del sureste de Suecia, cerca de Falköping. En este caso grajillas. El viernes los medios italianos dieron a conocer que en Faenza también mueren pájaros. Concretamente tórtolas. En los primeros días del año ya han recogido más de 400 cadáveres emponzoñados. Y no descarto que, mientras escribo este runrún, otra bandada se desmande, provoque una desbandada y sus integrantes cometan pajaricidio colectivo abalanzándose contra las ventanas de un rascacielos. Qué se yo, igual ahora mismo las descendientes de aquella extraña y gigantesca ave barcelonesa de los noventa se la están pegando contra los leds tornasolados de la torre Agbar. Así, no me extraña que no lleguen pájaros a los dominios del pastor aranés.

Tanto fiambre alado ha excitado las mentes conspiracionistas. Basta leer los comentarios en la red a todas estas noticias ornitológicas para darse cuenta de la sed de causalidad que nos aqueja. Junto a las hipótesis mecánicas que justifican la desorientación de las aves accidentadas (fuegos artificiales o fenómenos meteorológicos), proliferan otras razones más imaginativas que desarrollan dos líneas de investigación. Por un lado, las voces apocalípticas que hablan del Juicio Final, una eventualidad jurídica que deja incompetente al mismísmo Tribunal Supremo. Y otras que se decantan por una teoría conspiracionista de pata negra: unas pruebas secretas que el gobierno norteamericano estaría efectuando con armas biológicas. Vaya sarta de patrañas. Ni juicio final ni experimentos secretos ni qué mirlo muerto. Casi todas estas muertes de pájaros son figuradas, de atrezo. Créanme, estamos ante el rodaje a escala planetaria de Más vale pájaro en mano... la esperadísima precuela de Los pájaros de Hitchcock, donde se nos cuentan los verdaderos motivos que empujaron a aquellos pájaros a atacar a Tippi Hedren y compañía. Sólo que algunos desaprensivos sienten la tentación de aprovechar la coyuntura ornitofóbica para deshacerse de esas invasivas palomas, gaviotas o cotorras que les molestan. Y así, de un plumazo, matan dos pájaros de un tiro.

Màrius Serra. La Vanguardia. Dilluns, 10 de gener de 2011

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