divendres, 7 de gener de 2011

Todos no son iguales

La caída de Arnold Schwarzenegger como gobernador de California recarga de razones a los partidarios de la teoría todos-son-iguales. Según su versión suave, en democracia todos los políticos pasan por un auge, un fulgor y una caída brutal de popularidad. El bruto de Schwarzenegger encaja de lleno, pero seguro que hallaríamos otros candidatos más próximos para ejemplificarla. Incluso prescindiendo del fulgor intermedio, en aquellos casos en los que el interfecto pasa del auge al patachof. Por eso, una sombra se cierne sobre nuestras cabezas cada vez que alguien ilusiona a un buen número de sus conciudadanos, como pasó con Zapatero en su día, con Sarkozy en Francia, con Obama en el mundo entero o con Mas ahora y aquí. La tentación del escepticismo es muy poderosa y la fuerza trituradora del todos-son-iguales no deja margen. Lo cierto es que, una tras otra, se marchitan las ideologías y, tras ellas, los ideólogos que las pergeñan y los líderes que las aplican. Todos son iguales. Igual de engañabobos. Por eso hoy, que es día de niños embobados y padres babeantes, tras las cabalgatas guionadas de ayer, me parece un buen día para hablar de Luiz Inácio Lula da Silva, presidente de la República del Brasil desde el 1 de enero de 2003 hasta hace seis días.

Lula llegó a la presidencia con cifras de escándalo: más de 52 millones y el 61% de los votos. Su auge fue extremo. Recuerdo que dos años después, todavía en pleno fulgor, participé en uno de esos encuentros internacionales de escritores cuyas conclusiones inspirarían a cualquier comediógrafo. El evento, antes de que el Kosmópolis del CCCB tomara su formato actual, se llamaba Café Europa y se sostenía en un núcleo de profesionales de la cultura subvencionada que iban montando saraos similares en ciudades europeas. Ese bello año post-fòrum de 2005 los convocados en Barcelona fuimos Bodó Balázs, Hannah Charlton, Krzysztof Czyzewski, Peter Jukes, Chris Keulemans, Kinga Kovács, Biel Mesquida y yo. No recuerdo nada del debate formal (en formol), pero en los entresijos pasaron muchas cosas. El líder espiritual del grupo me estuvo agasajando con promesas de otros encuentros mientras repasaba con ferocidad creciente los errores del capitalismo. Con tanto ardor que al final me harté y decidí invertir aquella máxima de Cortázar sobre el matrimonio: "estar de acuerdo en casi todo lo fundamental y discutir como leopardos sobre lo nimio". O sea, decidí discutir como un leopardo sobre algo fundamental con ese izquierdista de salón. Y Lula, que en aquellos momentos era su faro como décadas antes lo había sido Fidel, apareció en escena. Recuerdo haber disfrutado como un enano pronosticando la corrupción de Lula y observando su indignación. Hoy tal vez le hubiera hablado de Evo Morales, pero Lula era el hombre del momento. Al final, conseguí que me borrara de su lista.

Me equivoqué, y no por lo de la lista, sino por Lula. Incluso los escépticos que esquivamos cualquier vena redentora nos equivocamos. Luiz Inácio Lula da Silva acaba de dejar la presidencia de su país entre vítores, tras ser considerado una de las personas más influyentes del mundo y con unos resultados de lucha contra la pobreza impresionantes. Se habló mucho del efecto Obama sobre la desafección política general. Otros antes vivieron un auge similar. Lo meritorio de veras es hacer como Lula: pasar por el auge y quedarse en el fulgor, sin caída. Yo ya me conformo con que el efecto Lula sólo sirva para neutralizar esa tentación igualitarista que vive arriba. Y que todos no sean iguales.


Màrius Serra. La Vanguardia. Dijous, 6 de gener de 2011.

Cap comentari:

Publica un comentari a l'entrada

Entradas populares

Compartir