dimarts, 22 de febrer de 2011

Flirmando espero

Fray Gerundio protagoniza la novela Historia del famoso predicador fray Gerundio de Campazas, alias Zotes, que escribió el Padre Isla hace tres siglos. Va de un chavalín talentoso con memoria excelsa. Texto que oye, texto que aprehende  y recita con fervor. Como por su casa de Campazas, en la comarca leonesa de Campos, pasan muchos frailes, ya de niño imita sus sermones, en un castellano leonés trufado de latinajos. El futuro fray Gerundio despierta así la admiración general de amigos, conocidos y saludados. Nadie duda que, con su labia, conseguirá lo que se proponga. Ser predicador, por ejemplo. En el curso de la novela el joven charlatán vive en tensión entre los grotescos consejos de su maestro fray Blas y la moderación oratoria de fray Prudencio. Al final, ejerce desde el púlpito, de gerundio en gerundio hasta la subordinación general. La obra es una crítica al lenguaje barroco, en un momento en el que la línea culterana ha llegado a unos extremos hiperbólicos. Fray Gerundio es un ejemplo colosal de mal gusto oratorio y destaca por emplear frases rebuscadas, cuyo sentido se nos escapa como el humo. Su risible figura formaría pareja con el mítico Rocambole, el personaje creado en el siglo XIX por Ponson du Terrail que da nombre a las situaciones inverosímiles en la ficción, conocidas por su culpa como rocambolescas. Una teleserie con guión de Rocambole y diálogos de fray Gerundio sería lo más. 
 
Podría titularse "Flirmando espero" y centrarse en uno de los temas fundamentales de la ficción televisiva: el contacto entre humanos con intenciones sexuales. En tiempos de ajuste presupuestario, la producción podría inspirarse en el ojo de pez fijo de "Cámara Café" pero centrado en la cámara de seguridad de una sala de fiestas. Concretamente la exterior, camuflada en el vestíbulo como si fuera un cajero automático. El plano mostraría el pequeño vestíbulo y un trozo de acera, con los coches aparcados al fondo. Los personajes saldrían a fumar  y, gracias al guión de Rocambole, sus destinos se cruzarían. Ligarían como posesos. Especialmente las noches lluviosas, cuando la acera sería territorio resbaladizo y deberían amontonarse en el minúsculo vestíbulo. Los diálogos de fray Gerundio recogerían muchos anglicismos terminados en -ing. De hecho, tal vez la serie no se llamaría "Flirmando espero" sino "Smirting", que la semana pasada fue el gerundio de moda. El smirting (contracción de smoke+flirting) empezó a circular en Nueva York hace ocho años cuando las leyes anti-tabaco estrecharon el cerco. Yo la primera vez que lo oí fue en Irlanda en 2004. Fue un alivio, porque hasta entonces todos los reportajes sobre ligar te enviaban a una lavandería. Los smirters flirtean porque el cigarrillo les tiene fijados en ese vestíbulo. Y porque el humo les hace hablar. Es una suerte que las habilidades dialécticas vuelvan a contar para algo. El mundo es un lugar más esperanzador.

El miércoles pasado comía con una amiga en la Granja Lido, un excelente restaurant del paseo Sant Joan con dos ambientes. A la hora del café, vi que  había una especie de ventana con un pseudoescalón que daba a un patio interior perfectamente acondicionado para fumar. Yo dejé el tabaco hace dos años, un mes y veintiocho días, pero acompañé a mi amiga porque me entusiasmó salir con ella por una ventana. Y he de confesarte, Mònica, que, una vez allá fuera, mientras fumabas y charlábamos, te encontré irresistiblemente atractiva. Más aun que sentada en la mesa. Flirmad, flirmad, que el mundo se acaba.

Màrius Serra. La Vanguardia. Dimarts, 22 de febrer de 2011

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