¿Quién teme a qué?

Muchos niños de mi generación pensábamos que los pisos en los que vivíamos tenían una habitación más de la cuenta, el llamado cuarto de las ratas al que nos amenazaban con enviarnos cada vez que hacíamos una trastada. En el mío, un trastero de un cuarto piso en la barcelonesa plaza Virrey Amat, jamás circuló rata alguna. Pero eso no impedía que cada vez que mi abuela Paula me amenazaba con encerrarme en él me entrara un cague de dimensiones diarreicas. Las pocas veces que, finalmente, me encerró en el cuarto de las ratas me jiñé a los cuatro segundos y me puse a chillar como un poseso hasta que me rescató. Hoy sé que, en realidad, lo que me daba miedo era la oscuridad. Nos da miedo lo desconocido porque en nuestra mente fantasiosa tiende a adoptar una identidad informe de contornos desdibujados capaz de hacernos morir de miedo. Nos da miedo nuestro miedo porque no sabemos de dónde procede. Ni lo queremos saber. De ahí que reaccionemos con torpeza violenta, chillando como histéricos o mamporreando una puerta cerrada que nos retiene en la oscuridad.

El apagón forzoso de las emisiones de TV3 en territorio valenciano es un ejemplo de miedo. No es un miedo infantil ni irracional sino, como dijo el escritor Joan Francesc Mira, una estrategia deliberada para ningunear a una cultura hasta borrarla del mapa. Pero es miedo. Miedo a reconocerse ante el espejo con un aspecto distinto al que se esmera en proyectar la televisión pública valenciana. Miedo a darle al interruptor de la luz y poder ver qué es lo que hay en ese cuarto de las ratas en el que el president Camps pretende encerrar a su comunidad de vecinos. Miedo a perder el control sobre las luces estratégicamente enfocadas para deslumbrarnos y ocultar así las sombras que pueden proyectar otras pantallas. El miedo de la clase dirigente valenciana es el mismo miedo que deben de sentir muchos mandatarios incapaces de convivir con la crítica de sus súbditos. Berlusconi, que es el ejemplo máximo de control de los medios de comunicación, no tiene tanto miedo como Camps. Tal vez porque está más convencido que el valenciano de sus armas de seducción masiva. O porque se enfrenta a otro tipo de conflictos. Pero el caso de las culturas no castellanas de España es de psicoanalista. La democracia española tiene miedo de sus hijos que hablan en lengua no castellana, por decirlo con Joan Maragall. Por eso chilla como un chiquillo y da mamporros a la puerta. Por eso cierra medios de comunicación o impide su difusión.

Cinco de los siete partidos parlamentarios catalanes han reaccionado con contundencia oratoria ante el cierre. El PP practicó el silbo gomero y Ciutadans no se atrevió a silbar, pero actuó como un miedica pidiendo que todas las emisoras autonómicas se pudieran ver en toda España. Es decir, que en Ciutadans también quieren que TV3 se vea en Valencia, aunque les da miedo admitirlo sin diluirlo o neutralizarlo. En su día, el conseller Tresserras trató sin miedo a sus homólogos valencianos, ofreciéndoles la reciprocidad y difundiendo Canal 9 en Catalunya unilateralmente. Se equivocó de estrategia, igual como antes lo había hecho el entonces ministro Montilla al gestionar los múltiplex. La suma de miedos y errores ha llevado la situación de los medios a un cuarto oscuro sin sexo en el que las ratas ya empiezan a parecer castores, o incluso capibaras. Si no queremos que el monstruo nos devore sería aconsejable encontrar pronto el interruptor. El último, que encienda la luz.

Màrius Serra. La Vanguardia. Dilluns, 21 de febrer de 2011

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