Los dos Japones

La tragedia que se acaba de producir en el Japón centra el foco en diversos aspectos de la sociedad nipona. Sucede que los desastres atraen a los medios de comunicación y, más allá de los aspectos concretos de cada percance, proyectan una imagen del país que luego perdurará durante años. Bastaría preguntar, en pública encuesta, qué opinión nos merecen Haití o Chile, por poner dos ejemplos dispares proyectados en los últimos tiempos al escaparate mediático por sendas desgracias sísmicas, similares aunque de consecuencias muy distintas. En el caso del Japón, más allá del papel del tsunami y, sobre todo, de la amenaza nuclear, destaca la importancia de la planificación. La experiencia acumulada por un historial de primera magnitud en la escala de Richter ha llevado a los nipones a desarrollar una prevención urbanística que es invocada cada vez que algún otro país no tan preparado sufre un seísmo. Esta vez, sin embargo, el desastre natural es tan extraordinario que las informaciones nos llegan cargadas de consideraciones morales. La presunta ausencia de escenas de pánico, pillaje u otros daños colaterales tiñe las crónicas que leemos, escuchamos y vemos desde Japón. Hagan la prueba. Busquen qué adjetivos predominan estos días en las inmediaciones del sintagma “pueblo japonés” y lo verán. La prensa mundial adjudica a los ciudadanos japoneses calificativos como: disciplinados, educados, ejemplares, estoicos, honestos, laboriosos, ordenados, perseverantes, preparados, serios, trabajadores... Incluso parece trascender que el nerviosismo de los primeros días es patrimonio de los europeos que viven en las islas japonesas, que se plantean abandonarlas. En cambio, cuando las consecuencias no habían ni empezado a ser evaluadas ya se oían voces apelando al famoso espíritu reconstructor nipón, a su perseverancia y su laboriosidad que, a largo plazo, podrían transformar la crítica situación actual (o recrítica, puesto que se trata de una crisis sobre otra crisis económica) en una oportunidad de futuro, como sucedió tras la derrota en la Segunda Guerra Mundial. Está claro que aún vivimos bajo el influjo del último gran conflicto bélico. También el futuro de la Unión Europea parece recaer sobre los hombros de otro país perdedor, el llamado milagro alemán.

Conviene señalar que esos mismos cronistas que llenan sus columnas con palabras elogiosas hacia el pueblo nipón, escribían hace sólo cuatro días que era una sociedad enferma. ¿Cuántos reportajes no se han publicado en los últimos años sobre aspectos presuntamente enfermizos de la sociedad japonesa? Más allá de exportaciones niponas como los karaokes, los robots u otras japonecedades (Borges dixit) tecnológicas, estos últimos tiempos hemos aprendido el significado de palabras tan terribles como hikikomori, esos adolescentes que viven atrincherados en su habitación, conectados a internet. La prensa occidental se solaza a menudo con reportajes sobre hoteles de dimensiones ínfimas, con habitaciones literalmente encajonadas, sobre hijos únicos que actúan como reyezuelos o sobre máquinas expendedoras de los objetos más inverosímiles, como bragas usadas. La descripción de los aspectos más llamativos de la sociedad urbana japonesa, ultratecnificada y ultracompetitiva, suelen venir acompañados de juicios apresurados que rezuman superioridad moral, similares a los que, décadas atrás, recibía la sociedad norteamericana. Pues bien, esos mismos plumillas que se reían de los nipones son los que ahora les adjudican una entereza ejemplar ante la tragedia. ¿En qué quedamos?

Màrius Serra. La Vanguardia. Dimarts, 15 de març de 2011

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